lunes, 10 de enero de 2011

5: No, yo te amaba en serio, maricón.

Los veranos tienen muchas cosas entretenidas, pero a mí no me gustaban tanto. Es que de cumpleaños a mitad de Febrero, cuando todos mis amigos están de vacaciones o si no yo siendo el que no está disponible, me acostumbré a que la torta sólo la cantaran mis familiares más cercanos, y a veces, algún par de amigos.
Sospechando que esta vez no sería la excepción, porque Martín me hablaba una vez al mes quizá, y mis amigos ya se habían ido a alguna parte. Yo me quedé en la ciudad, y con Alan decidimos ir a un concierto.
La música era algo que me hacía muy feliz. Desde que aprendí a tocar la batería, decidí que mi pasión secreta sería tocar música. Luego vino la guitarra, después el piano. Y después empecé a componer. Mis canciones eran un asco, pero me ayudaban a pasar tiempo solo en mi pieza sin que mis padres pensaran que era un antisocial. Escribía incoherencias como que “serías la mujer para mí, si él no fuera un desliz”. Pero me gustaban.

El concierto empezaba bien temprano. La idea es que todo el día hubieran bandas de Rock en el escenario y se turnaran para entretener a una audiencia que no estaba muy sobria ni que tampoco intentaba estarlo. Yo, como no bebía mucho pensé que sería un buen momento para disfrutar del sol, el sudor, los saltos y gritos desafinados.

Estaba en eso, cuando frente a mí pasa Leonor. No la veía hace mucho tiempo y realmente la vi deslumbrante. Sus curvas no sólo concentraron mi atención, sino que también la de varios del sector. E incluso mi hermano me preguntó si la conocía cuando ella venía hacia mí sonriendo.
Luego de saludarnos, conversar y preguntarnos por qué ha sido de nuestras vidas, me invitó a conocer a sus amigos. Estaba con muchos hombres, todos bien guapos. Las camisas apretadas, los zapatos de colores y los tonos de voz de algunos me hicieron sospechar que eran gays, así que le pregunté al oído a Leonor. Ella sólo se reía y me preguntaba cuál me gustaba.

Avanzaba la noche, y veía como Leonor tomaba y fumaba. Yo, para no desentonar, también la seguí fingiendo que sabía lo que hacía. Uno de ellos me retó por haber dejado mojado su cigarro y yo sólo me reí culpando a otro.

Empezó una canción lenta, y todos bailaban. Mi hermano con su novia se besaban y supe que no le importaría lo que estuviera haciendo, así que tomé a Leonor y le pedí que bailara conmigo. Ella no sólo accedió sino que su entusiasmo creció, y pasados los minutos me besó. Dios mío. Quizás el alcohol la forzó, pero mientras lo hacía intenté detenerla y ella no quiso. Fue un raro beso, porque sólo me dediqué a abrir la boca. Ella hacía todo. Tomó mi cabeza, mordió mis labios. Ella fue la que provocó todo esto.

No sabía por qué pasó eso, y realmente sentí la necesidad de hablarlo con alguien.
Ignacio era un tipo buena onda. Te podías reír con él. Era medio desordenado, algo irresponsable pero parecía buen amigo. Al menos para mí, porque me había acompañado a mil lugares, habíamos hecho mil cosas y yo lo había acompañado también a él, durante mucho tiempo.
Estando sólo él en Santiago, pensé que no sería un error contarle de lo que ocurrió. Esperaba, por supuesto que fuera capaz de entenderme y guardar el secreto tras esto.

Evidentemente, me equivoqué. Días después de que lo conversé con él, me doy cuenta que Sebastián lo sabe. Ignacio me había dicho que ellos estaban intentando empezar un pololeo, Sebastián y Leonor, y que lo mejor era alejarme. Así que cuando traté de saludar a Sebastián, lo noté distante supe qué había sucedido.
Me dice que soy un traidor, que merezco morir. Que no quiere hablar conmigo. Yo intento negar las cosas, porque realmente no tenía excusas. No sabía que intentaban estar juntos, y además no fui yo el que provocó las cosas. Las malditas confusiones.

Decidí que no había caso seguir intentando convencerlo sólo, así que hablé con Leonor. Ella enfurecida, parecía culparme a mí de lo ocurrido. ¿Por qué siguen pasándome cosas de las que no tengo la culpa? Sebastián era un gran amigo, lo quería en serio. Era muy tímido y se cohibía fácilmente, pero esta vez no era mi culpa, Ignacio era el traidor y Leonor quería jugar un juego al que no me iba a meter. Me decía que no tenía por qué haberle contado, que ella se equivocó y realmente amaba a Sebastián, que lo que hizo fue culpa de la marihuana.

Cuando una vez me conecté al MSN y noté que nadie me hablaba, supe que era por esto. Pensaban que era un traidor y todos comentaban entre sí los entretelones. Hasta Rafa me dijo que esas cosas no se hacían y que me había pasado de la raya. Al explicarle más detalles, entendió y me pidió que dijera la verdad, y aunque Leonor me gustaba un poco, si ella había decidido intentar estar con Sebastián debía desaparecer y no seguir torturándolo, y menos rompiendo nuestra relación de amistad.

Sebastián cumplía años una semana antes que yo, y fue en ese momento cuando decidí ir a aclararlo todo. Era la única forma de tenerlos a los dos juntos y deseaba realmente hablarlo y solucionarlo porque ya empezaba a dolerme. Qué injusticia más grande, por el amor de Dios.

A la entrada de su gran casa amarilla, tenían un pequeño jardín ambientado con luces blancas. Es ahí donde encontré a Leonor conversando con unas amigas. Lo raro era que Sebastián me odiaba a mí y parecía haber perdonado por completo a Leonor. Me acerqué y le pregunté si podíamos conversar. Antes de eso, por internet, lo último que me había dicho era “imbécil”.

Estuvimos cerca de veinte minutos conversando acerca de qué es lo que pretendía yo hacer ahí y cuál es la historia que contaría. Ella empezó muy agresiva, pero finalmente accedió a que le pidamos perdón los dos por el suceso y que se explicara como una estupidez sin sentido producto de las drogas y el alcohol. Pero qué tontera, si ellos ni siquiera estaban de novios a ese entonces.

En eso, escucho un ruido y una luz que se apaga desde una pieza superior. Para Leonor, que era novata en la casa de Sebastián, no significó nada, pero yo sabía que esa era su habitación. Saludé a todos y avanzo a conversar con él. En el intertanto mis compañeros, que más bien parecían mis ex amigos, porque hablaban todo el día y pestes de mí, como después me confesaron algunos, me saludaban con cautela. Parecía que no querían que estuviera allí y menos les gustaba el hecho de que subiera rápido donde Sebastián. Había mucha gente, un par estaba conversando, otros tomaban por allí y las mujeres, por supuesto, estaban bailando. Entre ellos vi a Rafa.

Él se acercó para preguntarme cómo estaba. Si realmente quería hablar esa noche con él. Le expliqué que traté de llamarlo y encontrarlo tantas veces, que esta sería la última vez que gasto mis esfuerzos en este entuerto surrealista. Me dio mucha suerte y me dijo que estaría ahí para lo que necesite.

Abrí la puerta de su pieza sin tocar, porque sospechaba que estaría por ahí y lo encontré sentado en un rincón. Era cerca de la medianoche y sabía que podría haber tomado mucho. A su lado tenía una botella de vidrio de algo que me imaginé era fuerte, y había un par de cigarros por ahí. Olía asqueroso. Parecía que había estado mucho tiempo pudriéndose ahí mismo.

- ¿Sebastián?

Me acerqué sigilosamente, para no despertar su ira de ebrio y porque no estaba tan seguro que fuera él. Es que en la noche mi visión es horrible y no estaba con anteojos. Miró hacia arriba y vi que había estado llorando. Quizás demasiado porque sus ojos estaban muy rojos y el cuello de su playera se veía mojado.

Al dirigirme a tocarlo, para que me mirara, levantó la cabeza. Lloraba y empezó a gemir. Decía que era un desgraciado, que me había visto hace un rato con Leonor y que tenía que dejar de traicionarlo.
Es obvio que no iba a entrar en razón, así que asumí esa culpa y le dije que Leonor tenía que hablar con él. Me dijo que no era ella la que le importaba, que se podía morir Leonor y a él le daría lo mismo. El problema era yo.

- ¿Yo? Todo el tiempo te he dicho que a mí no me gusta ella, y que no hice nada.

- Sí hiciste… maricón.

- ¡Pero si ni siquiera ustedes están juntos!

- Me cagaste…

- ¡¿Por qué, hueón?! ¿Qué cresta fue lo que yo hice?

- Éramos amigos…

El cada vez tenía más ganas de llorar y yo cada vez tenía más ganas de pegarle.

- Yo te amaba… -me dijo.

- Yo también te amo – pensé en el amor de amigos que empezaba a ser común de decir – pero no te 
entiendo.

- No, yo te amaba en serio, maricón.

- Estás siendo muy irracional, Sebastián. Mejor me voy.

- ¡Te amaba, maricón! – me gritó al tiempo que lanzó la botella contra la pared. Él se levanta diciéndome que espere, que no me puedo ir. ¿Qué cresta es lo que consumen estas personas por estos días? Se puso, sin razón, inesperadamente agresivo, y yo al intentar salir, veo que toma una lámpara. De esas muy bonitas que parecen estar de pie. Seguía gritando lo que me parecía incomprensible.

- ¡Yo de verdad te amaba, imbécil! ¡Y la cagaste por una mina!

Era un buen momento para cerrar la puerta tras él, y cuando estaba a punto de abrirla, cae sobre la lámpara que tenía un hermoso detalle en cristal. El ruido llama a todos los cercanos a entrar y ven lo que yo vi. Sebastián borracho, tirado sobre una lámpara rota, con la boca ensangrentada y gritando que me amaba. Rafa que estaba cerca entró y con unos muchachos más, lo levantan y lo intentan controlar para llevar al baño. Las personas que quedaban sólo me miraban a mí, que no sabía qué cara poner.

- ¡Yo amaba a ese maricón, y terminó cagándome! – parecía intentar pegar golpes a todas partes, pero regurgitaba saliva con sangre que alcanzó mi camiseta y nadie sabía qué sucedía.
Van saliendo y yo realmente no sé a quién mirar o qué decirle. Del fondo veo a Leonor paralizada. Para todo el resto, era un espectáculo muy interesante. Sebastián, lloró lo que terminó por aclarar lo que sospechaba.

- Yo estaba enamorado, Rafa… en verdad lo amaba.

viernes, 7 de enero de 2011

4: Lo veo en tus ojos.

Fue la cuarta o quinta vez que me metía. No sabía de activos, pasivos ni modernos o versátiles. Tampoco había medido mi pene. Ni siquiera sabía qué era lo que buscaba, pero me metí. Las veces anteriores había hablado con gente de otros países. Les había dicho que tenía 30 años. Esta vez, realmente quería decir la verdad. No sé, cada día rompía una nueva barrera.

Habían pasado unas semanas, y sentía que de a poco me estaba aislando. Desde que Matilde, la del mechón verde me confesó que tenía 13 años, que era hija del tío Roberto pero no de la tía Alicia, me tranquilicé un poco. Sólo tuve que aguantar las bromas de mis hermanos. Fuera de todo, mi familia toma muy pocas cosas en serio, y los momentos de sinceridad, desde hace un par de años habían empezado a disminuir. Mis hermanos, cada día más grandes, empezaban a notar que hablando en serio con mi padre no se llegaba a ningún lado, y que la tolerancia no era de sus fuertes, por lo que los diálogos y las negociaciones se hacían a través de mi madre, que, sinceramente, más que madre terminó pareciendo una nana. O una esclava, para decirlo más fuerte, de mi padre. Lo único que hacía era preocuparse de Pía.

Como decía, todos se empezaron a burlar, y parecía que a mi padre le agradaba recordar el hecho de que besé a una mujer, o niña – aunque haya sido mi media prima – y cada vez que podía lanzaba una frase relacionada al hecho. Quizás para olvidarse del virus ese que estuvo en el computador.

Lo extraño es que, desde ese momento, mi papá no me hablaba directamente si es que no había nadie cerca. Una mañana entró a mi pieza a ver si seguía durmiendo, y sólo se limitó a un “Ah”, cuando descubrió que estaba despierto.

Tenía la necesidad de conversar con alguien, y como evidentemente no podía confesarle esto a un conocido, recurrí al Chat.

Es como una tortura para un adolescente confuso. Allá la gente actúa con excesiva honestidad. Preguntan por penes, piden orgías y se intercambian correos para masturbarse por webcam, pero a la vez, nadie lo hace sinceramente. A nadie le gusta estar en un chat y es algo que tuve que saber después de haberme metido.

La primera premisa fue saber que no muchos decían la verdad. Quizás ninguno ese día, porque cuando dije que no buscaba sexo uno especialmente, Martín se sobresaltó. Me dijo que si no era eso, era una mamada. O un beso, si era muy tímido. Le pregunté por qué todo tenía que ser físico, precisamente, en el espacio menos físico de todos, como la virtualidad, y me dijo que es muy raro encontrar a alguien que no busque sexo, o que diga la verdad. Pensé que era un buen espacio para el anonimato.

Me había tomado sólo un par de minutos inventar un correo electrónico nuevo, y al iniciar las conversaciones por MSN, él me había pedido una fotografía. Dios, realmente estaba nervioso. Era una estupidez, pero al no ser el primer Martín que conocía, pensé que tal vez era un compañero del Colegio. O peor, otro primo perdido.

Le puse una del año nuevo, en la que sólo se podía ver mi cara detrás de la gran espalda de Alan. Los gorros y la serpentina podían confundirlo, y estaba asustado de que me conociera. Nunca esperé una respuesta como la que me dijo.

- Eres lindo.

Avanzada la conversación, volvió a repetirlo, y dudaba de lo que pensaba. La timidez, curiosamente, aumentaba por internet. Tal vez porque tenía que luchar con la imagen mental que se haría de mí. Si lo viera por la calle, no me importaría saludarlo. Pero permitirle verme por webcam, como me lo estaba pidiendo era demasiado para mí.

Me dijo que no me preocupara, que sólo quería comprobar el color de mis ojos. Le parecían genuinamente oscuros.

Al rato, persistió en la idea de las webcams, y me dijo “Si quieres te muestro yo primero para que no veas que soy un acosador”. Su foto lo mostraba muy lindo, y la conversación había sido tan natural, que le creí. Nos vimos por webcam no sin antes yo irme a lavar la cara, peinar un poco, y arreglar la luz lo mejor que pude para verme presentable. No es que sea muy feo, pero no era tan deportista como él, y sus pectorales perfectos intimidan.

Su sonrisa era muy linda. Le dije que me parecía un gran chico. Tenía 17, un año más que yo en ese entonces, y me preguntó si se me habían quitado los nervios.

- ¿Qué nervios?

- No me mientas. Te vi muy nervioso – se río.

- ¿Por qué? – le pregunté realmente intentando disimularlo.

Durante años, me había mirado al espejo para la mayoría de mis expresiones faciales, y sentía que tenía el don de poder controlarlas.

- Tus ojos. Tus ojos no pueden mentir. ¿Es la primera vez que miras a alguien por webcam?

- No, claro que no.

Supo que mentía. Me dijo que mis ojos eran capaces de decirle todo sobre mí. Que no era tímido pero que estaba asustado, que no me sentía seguro por internet. Que quizás había algo de tristeza dentro de mí, pero que tenía esperanza de conocer a alguien lindo. Que tenía mucho que decir, pero nadie me escuchaba. Que me sentía solo y que de pronto eso dolía.

Claro, si es la cuarta o quinta vez que me meto a un chat gay obvio que estaré nervioso. Y todos los demás que se meten al chat a veces se sentían mal, o solos, pero tenían la esperanza de conocer a alguien lindo. Es obvio. Pero yo no lo sabía, realmente pensé que estaba leyendo mis ojos y sentí unas ganas de abrazarlo incontenibles.
Tal vez sí podía leer los ojos. Le pregunté si ellos le decían que pensaba yo de él.

- ¿Y? ¿Qué te dicen mis ojos de ti?

- Mírame. Enfoca tu vista en mis ojos y trataré de descifrarlo.

Acerqué mi cara a la cámara suponiendo que él me miraba, y mis ojos se encontraron con los de él. Sonreí inocentemente. Tal vez por nervios.

- Te gusto.

- ¿Estás loco? – me reí, pero intentando mandarle un mensaje, así como “¿Y yo? ¿Yo te gusto?”

- Bueno, gustar gustar no sé. Pero hasta ahora todo va bien. Te gusta hablar conmigo, al menos.

- ¿Cómo lo sabes? – lo dije con una sonrisa que sobresalía de mi cara.

- Lo veo en tus ojos.

Está decidido. Teníamos el mismo gusto musical, era sensible y me había ayudado desahogándome por los sucesos anteriores. Me da lo mismo que tenga más músculos que yo, o que sus ojos sean muy verdes. Era un tipo muy lindo y no podía rechazarle su invitación.
Tras dos semanas de conversación por MSN, webcam, SMS y teléfono incluso, nos íbamos a juntar.

Nunca le había dicho que me gustaba. Y él también fue muy cuidadoso en no comprometerse a nada. Pero habíamos logrado crear un ambiente en el que nos tratábamos con exquisito cariño y donde nos jurábamos amistad eterna. Era como si a las dos horas de conversar ya hubiéramos conseguido conocernos por entero el uno al otro.

Martín me iba a esperar cerca de una bomba de bencina. Antes de salir ya había visto la ropa con la que iba a ir y la invitación era conversar en una plaza. Con 16 años era lo más espectacular.
Nunca antes había hablado con un homosexual abiertamente. Me preguntó cómo me gustaban los hombres, y yo seguía luchando contra esa idea. Cada noche, antes de acostarme me aseguraba que no me gustaban. Decía que las mujeres eran más lindas. Que los hombres eran sucios. Que era una fase, se me iba a pasar y que tenía que concentrarme en estudiar.

Pero es que desde hacía, a lo menos 5 años todos los días, todas las noches, lo único que pensaba era lo mucho que me disgustaba sentirme gay. Al final, pensé que era en ese momento o nunca. Y si era nunca, realmente me iba a arrepentir para siempre.

Así que una cuadra antes de llegar, ya lo vi. Estaba de espaldas. Parecía un poco más alto que yo y definitivamente estaba nervioso. De un segundo a otro se da vuelta. Y yo no estaba preparado, porque hacía una especie de ejercicio de relajación y el gritó “¡Mateo!”.

Me sorprendí con su voz. Me sorprendí con su estatura. Pero sobre todo me sorprendí con sus músculos. La blanca polera que tenía era tan apretada, que lo marcaba perfectamente. Dios mío. Jamás me había dolido ver algo tan sublime. Me avergoncé tanto que intenté hundir la barriga y taparme el pecho. No estaba gordo, pero cualquier cosa al lado de él era imperfecta. Horrible, quizás.

Al segundo de saludarme, me invita a un asiento. Me pregunta si tengo mucho calor. Y aunque eran casi las 8 de la noche, el verano se dejaba sentir con todo y mis hormonas no ayudaban. Le dije que no, pero se río cuando me vio sudando. Me pidió que me tranquilizara. Que para él también era algo nuevo. Al poco rato se me quitó la timidez. Me hacía sentir tan tranquilo. Sentí en ese momento que podíamos estar para siempre sentados ahí y jamás me aburriría.

Yo no era muy chistoso, pero a su modo de ver, sí. Le parecía tierno e incluso en persona, no podía creer el color de mis ojos.
Tras realmente una hora de conversación, me pregunta por Sebastián y Leonor. Le digo que no sé nada de ellos.

- Ah, entonces, ¿no estás pololeando?

- Nop. Para nada. ¿Quién quisiera pololear conmigo? – me reí. Nunca me sentí la gran cosa, y si lo dije no fue para coquetearle. No esperaba su respuesta.

- Yo, pues. Obvio que sí – me dijo -. Si es que no estuviera pololeando ya.

¿Qué? Ésa sí que era una respuesta inesperada.

- ¿Estás pololeando?

- Sí. ¿No te había contado?

No, no me habías contado. Gracias por decirme. Me había hasta depilado las axilas. Qué patético. 

domingo, 2 de enero de 2011

3: Tócame, tócame aquí.

Gabriela había llegado temprano. Tanto, que a todos nos despertó. Es que la noche anterior con un partido de la selección, un asado y la visita de nuestros tíos desde Brasil nos habíamos dormido muy, muy tarde.

Cuando entró a todos nos sorprendió. Conocíamos a su novio pero no lo recordábamos así. Y quizás por el sueño que aún teníamos nos descolocó un poco el tono de su voz. Era lindo, pero su voz era como la de un gangoso con mucha flema. Llegaron a sentarse y comer algo del maní que sobró de la noche anterior. Mi prima había crecido con nosotros. Después del Liceo llegaba rápidamente a ayudar a mi madre con la comida y las camas. Creo que incluso me cambió el pañal un par de veces. Así que para mis padres significaba mucho que ellos personalmente nos vinieran a invitar a su matrimonio.

Desde que los papás de Gabriela se separaron, ella solía estar con nosotros. Incluso se había ganado una pieza, la que ahora usaba Pía. Tenía como 5 años más que Alan, pero se veía de mucho más. Quizás porque tuvo la obligación de madurar más rápido que el resto.

Había quedado para el 3 de Noviembre. Luego de conversar todos y de reír de cosas sin sentido, se fueron en un auto muy grande para dos personas.

El 2 de Noviembre era el cumpleaños de Tomás. Un amigo del Colegio. Las fiestas en su casa – mansión siempre eran muy recordadas y ahora que cumplía 18 estuvimos oyendo lo grande que sería desde Junio.

Tomás tenía mucho dinero. Bueno, sus padres. Pero el tenía personalidad de quien no se preocupa por nada. Regalaba muchas cosas, invitaba a todo el que se le cruzaba y era famoso porque fue el primero en tener auto. Incluso yo, que iba un curso más abajo que él y teníamos – quizás nada – muy pocas cosas en común había pasado varios fines de semana en su casa en la nieve.

Sabíamos que ese cumpleaños iba a ser legendario. Cerca de 400 personas fueron invitadas y siendo un Viernes todos esperaban que fuera la mejor noche de sus vidas. En Educación Física nos habíamos dedicado a sacar abdominales, incluso Damián, un amigo, logró bajar cerca de 10 kilos, aunque a la semana siguiente subió como 40.

Cuando estuvo todo preparado, nos fuimos en una minivan contratada por la familia de Tomás, que salía desde el Colegio. Adentro todos reíamos y gritábamos por todo. El tema central fue, por supuesto, las minas. Rafa, burlándose de todo, dijo que ese día, al fin yo podría besar a una mujer, y aunque todos me habían visto haciéndolo, se rieron a morir. Quizás por el efecto que ya el alcohol les hacía.
Mi grupo de amigos era uno muy grande, y el que más cosas hacía. Eran esos que interrumpían al profe para decir un chiste, de los que todo el tiempo hablaban de mujeres, de los que hacían deporte y que conocían a todo el mundo. Yo, estaba ahí simplemente porque tenía personalidad y ni ellos ni yo nos intimidábamos mutuamente.

La estrella, sin duda, era Rafa. Era exageradamente canchero, muy chistoso, adorable por donde se le viera y tenía unos ojos azules perfectos. La gente lo amaba, y yo aunque no brillaba tanto como él, lo entendía. Le seguía siempre sus planes, lo acompañaba a donde fuera, y el hacía lo mismo por mí. Nos reíamos mucho juntos, y me conocía desde hace muchos años. Nunca le tuve envidia, realmente lo amaba. El tipo había hecho mucho por mí, y cada vez que me veía callado, iba a buscarme para hacerme reír. Cuando me habían operado, terminó con la novia, porque ella no entendía por qué Rafa se había quedado a dormir en el Hospital por mí y no estaba con ella. Ni siquiera fue una pelea, pero Rafa sintió que ella no valía la pena si no era capaz de ver lo cercano que éramos los dos. Era una amistad muy sincera, y aunque siempre hablábamos en el tonito de burla, el abrazo que me daba a la despedida, me decía lo que en verdad sentía por mí.
Así que, como entre todos los de la van, sólo me importaba Rafa, le perdoné que se burlara de mí todo el tiempo. Yo, evidentemente, le respondía cada estupidez. Al final, el viaje se transformó en una serie de comentarios de uno contra el otro que acrecentaba la histeria de los demás, que seguían tomando y no llevábamos ni la mitad del camino. Rafa pidió que no me dieran alcohol, porque o si no iba a cometer un error esa noche. Podría finalmente perder la virginidad. Yo pedí que todo se lo dieran a él, para que tenga el valor finalmente de estar con una mujer linda. Rafa, riéndose, me comenzó a golpear y yo le respondí cada golpe. Al final nos transformamos en la diversión para los demás.

Al llegar, vimos a un montón de gente en la piscina. Otro montón de gente esperando a entrar. A mucha gente en el patio y otro tanto dentro de la casa. La música estaba tan fuerte que la sentía en el estómago.
Antes de entrar, los demás se nos adelantaron y quedé sólo con Rafa.

- ¿Estás bien? – me preguntó.

- Sí, ¿y tú?

- Sí, sí. Pensé que se me había pasado la mano.

- No, Rafa. Tranquilo. Soy de piedra.

Se rió, como siempre. Y me dijo que entonces fuéramos a cazar. Saludamos a Tomás, le dimos su regalo y nos indicó el bar. Había una mujer preciosa sirviendo los tragos. Tanto, que decidí aceptarle sus licores, y eso que jamás tomo. Rafa me dijo que buscara algo que estuviera a mi altura.
La noche se pasó en eso. En dar vueltas mirando qué había. Tomar algún trago. Saludar a un par de personas, e intentar finalmente hacer un paso de baile, los que nunca realmente fueron mi fuerte.
Pablo me dijo que tenía que conocer a una mina. Que era perfecta para mí. Así que subí las escaleras y salí al balcón donde estaban mis compañeros. Ahí estaba. Se llamaba Leonor y era, realmente muy linda. Tenía unas curvas perfectas y me había saludado con tanta atención que supuse le habían hablado de mí. Rafa en el fondo miraba sonriendo.

Leonor y yo estuvimos conversando mucho tiempo. Teníamos muchas cosas en común y era muy simpática. Se reía de mis chistes y no tenía que explicárselos. Me preguntó por mis ojos.

- ¿De qué color son tus ojos?

- Negros.

- ¿Negros? ¿No café?

- No, no café. Son negros. Muy negros.

- Me encantan, son como tiernitos.

Tiernitos, qué cresta es esa palabra. La cosa es que me estaba gustando conversar con ella, y aunque las demás parejas habían ido a bailar, ella y yo decidimos sentarnos a seguir conversando. Podríamos estar ahí por siempre. Hablábamos tantas estupideces. Pero siempre era como “y yo también”. Me moví un segundo hacia atrás a buscar una botella, y Rafa me dijo “Ataca tigre”.

Siempre había pensado en excusas para no hacerle caso cuando me incitaba a besar a una mujer, pero esta vez no tenía excusa. Era muy linda realmente, y la idea me había rondado un par de veces. Volví a sentarme y veo que Leonor estaba conversando con Sebastián.

Sebastián era muy lindo. Pero su timidez me tranquilizó. Pensé que simplemente le preguntaba la hora o algo así. Y al acercarme, ella me dice que fue un gusto hablar conmigo. Se para y se va con él.
Con la botella en la mano veo como se van caminando y me quedo sin decir nada. No pasaron ni dos segundos de esa patética escena hasta que Rafa pone su brazo en mis hombros y me dice que me calme. Que la mina no era tan bonita. Le sonrío y le digo que no se preocupe, que estaré bien.
Meses después, Rafa me confesó que en ese momento se sintió culpable, porque él había pensado que Leonor y yo hacíamos buena pareja y fue su idea juntarnos, pero que no sabía que ella ya conocía a Sebastián, así que por eso le dijo a una niña semi ebria que fuera a hablarme. Tenía un mechón de pelo verde que la hacía sobresalir por los demás.

Ni siquiera se presentó. Estaba yo vagando por ahí cuando me tomó del brazo. Se reía y me dijo que le gustaban mis ojos. Miré hacia atrás y estaba Sebastián bailando con Leonor. Nadie había visto antes a la del mechón verde, y aunque era muy linda también, el olor a alcohol mató todas las pasiones que podría haber llegado a sentir.

Treinta y nueve segundos después, estaba bailando conmigo, con su boca muy cerca de mi oído.
No me gustaba realmente, pero veía a todos los demás bailando, y a Leonor en el fondo con Sebastián, me hizo sentir muy idiota, así que acerqué a la del pelo verde y puse mis manos en su cintura. Ella tomó mi mano y la movió hacia abajo. No sé qué parte del cuerpo era, pero era muy parecido a un glúteo.

- Tócame, tócame aquí – me dijo.

Sin pensar lo que hacía la toqué, y decidí cerrar los ojos. Segundos después sentí su respiración. Olvidé su olor y acerqué mi cara. Se sentía bien, después de todo.
La besé durante mucho rato, esperando que Leonor pudiera haberlo visto. O cualquier persona. Son esas cosas que uno hace para los demás.

Ella continúo y sentí su lengua. Su piel era muy suave y algo de su perfume de frutas pude sentir. Era realmente algo que me tenía algo nervioso, pero me gustaba hacer. Me toma de la mano y al avanzar hacia una esquina del patio. Seguí ahí, cerca de media hora. Jamás pensé que algo así podría ser tan agradable. No era sexual. No era sucio. Eran sólo besos. Bonitos besos.

De pronto, un par de niñas con el pelo de colores, tragos en la mano y ropa ajustada se acercan. Vienen a buscarla. La toman del brazo y me piden perdón. Dicen que tienen que ir a atender un llamado. Y yo sin gran preocupación le digo que vayan. Mientras con la vista trato de buscar a Leonor.
Sólo puedo ver a Rafa bailando con una mujer preciosa. Horas después, la van me lleva de vuelta al Colegio, donde mis padres esperaban.

Lo dramático sucede cuando estoy en el matrimonio de Gabriela. Me puse el mejor terno que pude comprar. 
Todos nos veíamos muy bellos, y hasta Pía se había hecho un peinado especial. En la recepción la voz gangosa nos agradece y nos dice dónde sentarnos. Había muchísima gente.
La tía Alicia nos recibe dentro, y nos presenta a la fila entera. Todos muy compuestos y elegantes. En la última silla, se levanta una niña. Viene detrás del tío Roberto y saluda a toda mi familia como si nada. Yo la reconocí. Tenía el mechón verde.

¿Qué hacía acá? No me puse nervioso, pero buscaba una explicación. Ella me saluda mirando para cualquier lado, menos a mí. No podía confundir ese mechón. Le pregunté qué hacía ahí, y me dijo que vino al matrimonio de su hermana, riendo. ¿Qué? El tío Roberto pregunta si nos conocemos extrañado. Ambos respondimos que no. Ella de pronto me toma de la mano y me dice si fui a buscarla. Alan se da vuelta sin entender que ocurre y mi papá logra escuchar. Me pongo muy nervioso. Y me da algo de asco. ¿Su hermana?

¿Qué cresta está ocurriendo? Justo la del mechón verde ¿hermana? ¿Mi prima? Ella sólo se ríe y mira al tío Roberto.

- Papá, te presento a mi pololo.

Es todo. Nunca más besaré a una mujer en mi vida.