Los veranos tienen muchas cosas entretenidas, pero a mí no me gustaban tanto. Es que de cumpleaños a mitad de Febrero, cuando todos mis amigos están de vacaciones o si no yo siendo el que no está disponible, me acostumbré a que la torta sólo la cantaran mis familiares más cercanos, y a veces, algún par de amigos.
Sospechando que esta vez no sería la excepción, porque Martín me hablaba una vez al mes quizá, y mis amigos ya se habían ido a alguna parte. Yo me quedé en la ciudad, y con Alan decidimos ir a un concierto.
La música era algo que me hacía muy feliz. Desde que aprendí a tocar la batería, decidí que mi pasión secreta sería tocar música. Luego vino la guitarra, después el piano. Y después empecé a componer. Mis canciones eran un asco, pero me ayudaban a pasar tiempo solo en mi pieza sin que mis padres pensaran que era un antisocial. Escribía incoherencias como que “serías la mujer para mí, si él no fuera un desliz”. Pero me gustaban.
El concierto empezaba bien temprano. La idea es que todo el día hubieran bandas de Rock en el escenario y se turnaran para entretener a una audiencia que no estaba muy sobria ni que tampoco intentaba estarlo. Yo, como no bebía mucho pensé que sería un buen momento para disfrutar del sol, el sudor, los saltos y gritos desafinados.
Estaba en eso, cuando frente a mí pasa Leonor. No la veía hace mucho tiempo y realmente la vi deslumbrante. Sus curvas no sólo concentraron mi atención, sino que también la de varios del sector. E incluso mi hermano me preguntó si la conocía cuando ella venía hacia mí sonriendo.
Luego de saludarnos, conversar y preguntarnos por qué ha sido de nuestras vidas, me invitó a conocer a sus amigos. Estaba con muchos hombres, todos bien guapos. Las camisas apretadas, los zapatos de colores y los tonos de voz de algunos me hicieron sospechar que eran gays, así que le pregunté al oído a Leonor. Ella sólo se reía y me preguntaba cuál me gustaba.
Avanzaba la noche, y veía como Leonor tomaba y fumaba. Yo, para no desentonar, también la seguí fingiendo que sabía lo que hacía. Uno de ellos me retó por haber dejado mojado su cigarro y yo sólo me reí culpando a otro.
Empezó una canción lenta, y todos bailaban. Mi hermano con su novia se besaban y supe que no le importaría lo que estuviera haciendo, así que tomé a Leonor y le pedí que bailara conmigo. Ella no sólo accedió sino que su entusiasmo creció, y pasados los minutos me besó. Dios mío. Quizás el alcohol la forzó, pero mientras lo hacía intenté detenerla y ella no quiso. Fue un raro beso, porque sólo me dediqué a abrir la boca. Ella hacía todo. Tomó mi cabeza, mordió mis labios. Ella fue la que provocó todo esto.
No sabía por qué pasó eso, y realmente sentí la necesidad de hablarlo con alguien.
Ignacio era un tipo buena onda. Te podías reír con él. Era medio desordenado, algo irresponsable pero parecía buen amigo. Al menos para mí, porque me había acompañado a mil lugares, habíamos hecho mil cosas y yo lo había acompañado también a él, durante mucho tiempo.
Estando sólo él en Santiago, pensé que no sería un error contarle de lo que ocurrió. Esperaba, por supuesto que fuera capaz de entenderme y guardar el secreto tras esto.
Evidentemente, me equivoqué. Días después de que lo conversé con él, me doy cuenta que Sebastián lo sabe. Ignacio me había dicho que ellos estaban intentando empezar un pololeo, Sebastián y Leonor, y que lo mejor era alejarme. Así que cuando traté de saludar a Sebastián, lo noté distante supe qué había sucedido.
Me dice que soy un traidor, que merezco morir. Que no quiere hablar conmigo. Yo intento negar las cosas, porque realmente no tenía excusas. No sabía que intentaban estar juntos, y además no fui yo el que provocó las cosas. Las malditas confusiones.
Decidí que no había caso seguir intentando convencerlo sólo, así que hablé con Leonor. Ella enfurecida, parecía culparme a mí de lo ocurrido. ¿Por qué siguen pasándome cosas de las que no tengo la culpa? Sebastián era un gran amigo, lo quería en serio. Era muy tímido y se cohibía fácilmente, pero esta vez no era mi culpa, Ignacio era el traidor y Leonor quería jugar un juego al que no me iba a meter. Me decía que no tenía por qué haberle contado, que ella se equivocó y realmente amaba a Sebastián, que lo que hizo fue culpa de la marihuana.
Cuando una vez me conecté al MSN y noté que nadie me hablaba, supe que era por esto. Pensaban que era un traidor y todos comentaban entre sí los entretelones. Hasta Rafa me dijo que esas cosas no se hacían y que me había pasado de la raya. Al explicarle más detalles, entendió y me pidió que dijera la verdad, y aunque Leonor me gustaba un poco, si ella había decidido intentar estar con Sebastián debía desaparecer y no seguir torturándolo, y menos rompiendo nuestra relación de amistad.
Sebastián cumplía años una semana antes que yo, y fue en ese momento cuando decidí ir a aclararlo todo. Era la única forma de tenerlos a los dos juntos y deseaba realmente hablarlo y solucionarlo porque ya empezaba a dolerme. Qué injusticia más grande, por el amor de Dios.
A la entrada de su gran casa amarilla, tenían un pequeño jardín ambientado con luces blancas. Es ahí donde encontré a Leonor conversando con unas amigas. Lo raro era que Sebastián me odiaba a mí y parecía haber perdonado por completo a Leonor. Me acerqué y le pregunté si podíamos conversar. Antes de eso, por internet, lo último que me había dicho era “imbécil”.
Estuvimos cerca de veinte minutos conversando acerca de qué es lo que pretendía yo hacer ahí y cuál es la historia que contaría. Ella empezó muy agresiva, pero finalmente accedió a que le pidamos perdón los dos por el suceso y que se explicara como una estupidez sin sentido producto de las drogas y el alcohol. Pero qué tontera, si ellos ni siquiera estaban de novios a ese entonces.
En eso, escucho un ruido y una luz que se apaga desde una pieza superior. Para Leonor, que era novata en la casa de Sebastián, no significó nada, pero yo sabía que esa era su habitación. Saludé a todos y avanzo a conversar con él. En el intertanto mis compañeros, que más bien parecían mis ex amigos, porque hablaban todo el día y pestes de mí, como después me confesaron algunos, me saludaban con cautela. Parecía que no querían que estuviera allí y menos les gustaba el hecho de que subiera rápido donde Sebastián. Había mucha gente, un par estaba conversando, otros tomaban por allí y las mujeres, por supuesto, estaban bailando. Entre ellos vi a Rafa.
Él se acercó para preguntarme cómo estaba. Si realmente quería hablar esa noche con él. Le expliqué que traté de llamarlo y encontrarlo tantas veces, que esta sería la última vez que gasto mis esfuerzos en este entuerto surrealista. Me dio mucha suerte y me dijo que estaría ahí para lo que necesite.
Abrí la puerta de su pieza sin tocar, porque sospechaba que estaría por ahí y lo encontré sentado en un rincón. Era cerca de la medianoche y sabía que podría haber tomado mucho. A su lado tenía una botella de vidrio de algo que me imaginé era fuerte, y había un par de cigarros por ahí. Olía asqueroso. Parecía que había estado mucho tiempo pudriéndose ahí mismo.
- ¿Sebastián?
Me acerqué sigilosamente, para no despertar su ira de ebrio y porque no estaba tan seguro que fuera él. Es que en la noche mi visión es horrible y no estaba con anteojos. Miró hacia arriba y vi que había estado llorando. Quizás demasiado porque sus ojos estaban muy rojos y el cuello de su playera se veía mojado.
Al dirigirme a tocarlo, para que me mirara, levantó la cabeza. Lloraba y empezó a gemir. Decía que era un desgraciado, que me había visto hace un rato con Leonor y que tenía que dejar de traicionarlo.
Es obvio que no iba a entrar en razón, así que asumí esa culpa y le dije que Leonor tenía que hablar con él. Me dijo que no era ella la que le importaba, que se podía morir Leonor y a él le daría lo mismo. El problema era yo.
- ¿Yo? Todo el tiempo te he dicho que a mí no me gusta ella, y que no hice nada.
- Sí hiciste… maricón.
- ¡Pero si ni siquiera ustedes están juntos!
- Me cagaste…
- ¡¿Por qué, hueón?! ¿Qué cresta fue lo que yo hice?
- Éramos amigos…
El cada vez tenía más ganas de llorar y yo cada vez tenía más ganas de pegarle.
- Yo te amaba… -me dijo.
- Yo también te amo – pensé en el amor de amigos que empezaba a ser común de decir – pero no te
entiendo.
- No, yo te amaba en serio, maricón.
- Estás siendo muy irracional, Sebastián. Mejor me voy.
- ¡Te amaba, maricón! – me gritó al tiempo que lanzó la botella contra la pared. Él se levanta diciéndome que espere, que no me puedo ir. ¿Qué cresta es lo que consumen estas personas por estos días? Se puso, sin razón, inesperadamente agresivo, y yo al intentar salir, veo que toma una lámpara. De esas muy bonitas que parecen estar de pie. Seguía gritando lo que me parecía incomprensible.
- ¡Yo de verdad te amaba, imbécil! ¡Y la cagaste por una mina!
Era un buen momento para cerrar la puerta tras él, y cuando estaba a punto de abrirla, cae sobre la lámpara que tenía un hermoso detalle en cristal. El ruido llama a todos los cercanos a entrar y ven lo que yo vi. Sebastián borracho, tirado sobre una lámpara rota, con la boca ensangrentada y gritando que me amaba. Rafa que estaba cerca entró y con unos muchachos más, lo levantan y lo intentan controlar para llevar al baño. Las personas que quedaban sólo me miraban a mí, que no sabía qué cara poner.
- ¡Yo amaba a ese maricón, y terminó cagándome! – parecía intentar pegar golpes a todas partes, pero regurgitaba saliva con sangre que alcanzó mi camiseta y nadie sabía qué sucedía.
Van saliendo y yo realmente no sé a quién mirar o qué decirle. Del fondo veo a Leonor paralizada. Para todo el resto, era un espectáculo muy interesante. Sebastián, lloró lo que terminó por aclarar lo que sospechaba.
- Yo estaba enamorado, Rafa… en verdad lo amaba.