domingo, 3 de abril de 2011

10: ¿Era eso lo que no me querías contar?

Era suficiente. Las cosas no eran simples y ya me había confundido demasiado. Lo mejor que podía hacer era alejarme un poco de las cosas y reflexionarlas, pero claro, ahora me doy cuenta que eso era lo mejor y que lo que hice, en definitiva no fue necesariamente lo más adecuado. Es que, me sentía vulnerado. Creía, idiotamente, que cada vez que alguien se reía detrás de mí lo hacía porque sospechaba que era gay. O que al mirarme, sentían que tenía algo que esconder. De alguna forma, me empecé a crear la idea de que Sebastián estaba fingiendo, que con algunos amigos decidió empezar a molestarme y que si yo decía o hacía algo, ellos, todos, se burlarían de mí. Dirían cosas que yo no quería que supieran de mí.

La paranoia no era tremenda, pero si me obligó a aislarme de la gente. Decidí que no le hablaría más a Sebastián, a menos que él lo haga, y que sólo será una relación de compañeros. Que a las fiestas no iré a emborracharme. Que no me mostraré como soy. Que no seguiré hablando con Martín y que negarlo todo siempre sería una solución.

Claro, ahora sé que fue una horrible decisión que me consumió mucho tiempo, que me hizo esclavo de lo que creía que los demás creían, que me sumergió en una especie de vida falsa y que me motivó a hacer cosas que nunca debí hacer. Pero la historia ya no la puedo cambiar.
Lo primero que intenté hacer fue marginarme de las actividades públicas. Dejé de juntarme con mis amigos en grupos masivos porque eso me obligaba a hablar de mujeres, a intentar pinchar con alguna niña y a que los demás juzgaran esos comportamientos.

Ahí fue cuando comenzó lo peor. Nada peor que para un joven confundido el aislarse de su realidad y someterse – porque tiene que someterse – a otra. La única realidad a la mano y relativamente segura, porque podía controlarla como quisiera, era la que me ofrecía internet.

No era fanático de los chats gays. Pero cuando me metía, inventaba que era un hombre perfecto, muy feliz y atractivo. Demostraba, justamente, lo que no tenía. Conversaba con mayores, con menores. A cada uno le inventaba una historia distinta, y exactamente la que me parecía que pedían. Desarrollé así una capacidad de distinguir personalidades por los nicks, de que la forma de hablar, los colores de las letras, las fotos y todo el lenguaje no verbal me dijera qué es lo que buscaba cada persona. La misión no era encontrar a mi perfecto, la misión era ser el perfecto para todos. Cambiaba mi forma de hablar, la música que me gustaba, mis fotos, mi nombre, mis intereses, todo de acuerdo a lo que ellos pedían. Me inventé una cantidad irrecordable de mails, MSN. Tenía una base de datos ilimitada de personajes que se suponía que era. Y eso, a la larga, me hizo un perfecto mentiroso.

Era necesario, para ese estado en el que estaba, poder comprender la mentira. Saber cómo funcionaba, cuándo no. De qué manera la gente me creería, quiénes lo harían. Hasta, fue tanto lo que desarrollé, que era capaz de crear los contextos emocionales para que la gente creyera todo. Cuando ya no quería hablar más con alguien, fingía que me iba del país, que estaba muy enfermo, que me moría.

Fui capaz de crear todos los contextos emocionales posibles. Y con eso, que las personas se enamorarán de mí. Quizás el no verme, y el que su mente les de la imaginación de que podría ser su príncipe azul ayudaba. Pero también mi personalidad. Las palabras que decía, la forma, el momento.

Fue tanto, que el ocio, el miedo de reconocer la verdad y mi aislamiento inicial, se habían desvanecido y ahora el interés de manipular gente me absorbía completamente. Nunca fue algo bueno, lo sé. Pero así sucedió.

Tiempo después, descubrí que aunque mis mentiras podían ser absurdas, la gente las creía porque quería hacerlo. Quería confiar en mí. Y nunca les permití desarrollar la posibilidad de desconfiar. Eso es lo central para ser un buen mentiroso. Y además, me generó la capacidad de crear historias, de darle sustento, del pensamiento abstracto y del lenguaje. Parte de eso quizás es lo que permitió que estuviera escribiendo estas líneas esta noche.

Me encontré, entre la gente que se repetía en el chat, varias veces con Martín. Al principio no me interesó mucho conversar con él, suponía que no tenía mucho nuevo que aportar, pero luego, cuando quise saber cómo conocía a Sebastián, le pregunté.
Me confesó que lo conoció por el Chat también, y que estuvo enamorado de él, pero que Sebastián había decidido empezar una relación con Leonor, lo que finalmente, justificó que no estuviera ni conmigo ni con él. A ese nivel, me había dejado de importar.

Al único que parecía importarle era a Rafa. Iba mucho más seguido a mi casa, me preguntaba cómo me sentía, si todo iba bien. Sentía que algo raro estaba pasando. Sólo le dije que ya no me interesaba tomar tanto con ellos, o salir a conocer mujeres. Que me puse un poco más serio. Rafa no se convencía rápido, pero con este tema no insistía mucho. Creía que necesitaba mi intimidad, quizás, y aunque seguía apareciendo en la casa, no preguntaba por esto. Me dijo sí, que en un momento, Sebastián le había preguntado por mí, porque sentía que nuestro episodio lo estaba marginando del grupo y que no quería que eso sucediera, porque, finalmente, todos éramos amigos de todos.

Sólo le dije que estaba bien y que no era eso. Que ya no tenía plata para salir, que prefería dormir o estudiar y que me interesaban otras cosas, las que, eso sí, nunca le dije del todo.
Un día, Rafa se metió al computador para terminar un informe, y encontró en el historial el chat gay. Yo entré a la pieza, lo vi en el computador, y supe, por su nerviosismo que lo había encontrado. Minutos después de que se fue a su casa, en el computador, yo me di cuenta que no estaba borrado el historial y que ya lo sabía. Su mirada, antes de irse, me hizo sospecharlo, y la confirmación vino al rato después. Me llamó por teléfono. Muy asustado fui a abrirle la puerta.

No quería darle explicaciones, no quería que me odiara, no quería que se lo dijera a nadie y tampoco quería que me tratara distinto. No estaba bien que me tratara como un heterosexual, pero durante mucho tiempo me había acomodado y ahora ser el gay era insoportable. Le abrí suavemente, tratando de actuar como si nada. Él, simplemente, me abrazó. Se acercó muy rápido y me abrazó. Sonreía.

- ¿Era eso lo que no me querías contar? – preguntó, mientras yo de tanto susto iba a empezar a llorar.