Rafa me había estado llamando últimamente como loco. Sabía que estaba en la ciudad, que no saldría de vacaciones, que lo estaba evitando pero que, realmente yo quería hablar con él. Teníamos una conversación pendiente, y él siempre fue muy impaciente.
Me obligaba a decir lo que sentía mientras lo sentía. Cada vez que habíamos discutido en el pasado, me decía “Pero no te vayas, dime qué te pasa”. Nunca fui muy bueno manejando la frustración, y la mayoría de las veces, me retaba porque, según él, anulaba los sentimientos.
Decía que no era malo sentir odio, si es que eso sintiera, aunque hubiese sido sólo por un segundo. Rafa me había odiado muchas veces, pero por pequeños instantes, y me decía que así era mucho más fácil volver a quererme después. Nunca tuvo rencor realmente, y cuando en la clase de Sicología estudiamos la Inteligencia Emocional, el profesor – sin saberlo – lo describía a él totalmente.
Alguien dijo alguna vez que la risa provenía después de que la gente conocía los lugares más oscuros, y siempre fue mi teoría con Rafa. Desde que sus padres se separaron, él adquirió esa admirable capacidad de reírse de todo y en todo momento pero sin sonar como burla pedante.
Así que, la mañana de mi cumpleaños traté de contestarle varias veces, pero entre más lo pensaba, más me arrepentía. ¿Qué le diría de Sebastián? ¿Qué le habrá dicho él? Sabía que no era mi culpa, que racionalmente no debía incomodarme, porque que yo a un hombre le guste no me convierte en homosexual, pero la sola idea de hablar de eso me sometía a incomodidades que no sabría sortear.
En eso, decidí fingir que nada pasaba, y así, evitando el tema, me sentiría más cómodo. Cuando mi mamá me preguntó si iba a venir alguien le respondí violentamente “No sé, y no me importa. Voy a bañarme en la piscina”. Y eso hice. Estuve cerca de 3 horas bajo el agua, actuando como si nada. Mi papá había construido una diminuta extensión para que Pía pudiera sentarse y chapotear, y por mucho tiempo, ella fue mi única acompañante por ese día. No me daba pena, para nada. Me hacía sentir seguro. Y mi seguridad de nuevo se agotó, cuando viene Alan y me avisa que llegó un amigo.
Tras él, Rafa. En sus manos traía una bolsa y un envoltorio de papel de regalo. Se sonreía mientras mi madre le preguntaba si quería tomar algo. No sabía exactamente a quién mirar o qué decir, pero Rafa interrumpió el silencio. Me preguntó si tenía otro traje de baño.
- Ehh… sí, sí. Supongo. Mamá ¿están limpios?
- Voy a buscar. Rafa, ven.
Es mi amigo. No tenía de qué preocuparme. No me había juzgado antes, no lo haría ahora. No sé a qué le tenía tanto miedo, pero que él estuviera ahí, que se pusiera mi ropa, que fuera mi cumpleaños, que me hubiera visto ahí, solo, que me preguntara por Sebastián. Todo, me ponía exageradamente nervioso.
Se metió en la piscina muy rápido, y estuvimos ahí, tirándonos agua mutuamente por mucho rato. Sin mucho qué decir, me preguntaba cómo había estado, si había visto a alguien, y frente a todo, lanzaba un par de frases que me hacían reír. Habíamos inventado una especie de pseudo idioma, y para cada palabra, le poníamos un nuevo sonido, y Rafa hacía que fuera muy chistoso.
Mi pieza estaba separada del resto de la casa, tenía la entrada por el patio y la ventana daba a la calle. Antes, había sido la cochera para el auto, pero con la expansión familiar, mi papá decidió transformarla en un lugar para mí y Alan. Y aunque estuvimos juntos un par de meses, finalmente decidió trasladarse a un nuevo rincón dentro de la casa, porque el ruido del patio le impedía estudiar, y sí, nos amamos infinitamente, pero discutíamos siempre. Una vez llegó ebrio él y su novia, y me botaron encima una estantería con libros mientras intentaba dormir.
Entonces, cuando Rafa y yo nos fuimos a mi pieza, nadie se enteró y no nos molestaron. Fue ahí cuando me obligó a responder sus preguntas. Me dijo que sabía que lo había estado evitando, y que aunque podía tener excusas para todo, lo mínimo que él esperaba, era una explicación.
- ¿Por?
- Lo que dijo Sebastián. Tú sabes que yo me di cuenta.
- ¿Qué dijo?
- Mateo…
- Ay, Rafa. Estaba borracho, cómo le crees. Yo también me pasé rollos en algún momento, pero no… olvídalo, se confundió.
- ¿Con quién?
- No sé, alguna mina. Quizás creyó que era Leonor.
- Yo pensé que a ti te gustaba ella.
- Me gustó. Me gustó. Pero ya viste cómo empezó a salir con él. No iba a entrometerme por una mina.
- Pero a él le gustabas tú…
- ¿Me estás tomando el pelo? Supongo que es una broma. No le puedo gustar yo, imbécil. Sebastián no es gay.
- Y tú tampoco…
Me detuve riendo incómodo. Cuando pude ver que su cara no estaba contando un chiste, me sentí peor. ¿Me lo decía en serio? Estaba sugiriendo algo que nunca le di razón de pensar.
- Mateo, no te voy a odiar…
- Rafa ¿qué te pasa? – traté de sonar agresivo, pero mi voz entrecortada le dio sentido.
- Sebastián me dijo que se habían acostado.
¿Qué? Esto sí que era extraño. Sospechaba de algo cierto porque alguien le contó algo falso. Y lo falso siempre fue algo que yo quise que fuera cierto. ¿Qué carajo le pasa a Sebastián?
- ¿Qué carajo le pasa a Sebastián? ¿Qué te dijo? ¿Y tú? ¿Cómo le crees esa brutalidad?
- No, si yo no le creí tampoco. Pero si tú no me contestabas, pensé que era por algo más fuerte.
- ¿Y pensaste que soy gay? – la mentira que dijo Sebastián me había orientado un poco a cómo actuar cuándo dicen cosas falsas. Y me inspiró a hacerlo convincentemente.
- No, ah… jaja. No, no pensé que… Ya, olvídalo. Fue una estupidez.
- Obvio que fue una estupidez. ¿Y qué cresta le pasa a Sebastián? ¿Por qué te dijo eso?
- Bueno, yo le pregunté a qué se refería con amarte. Y me dijo que se acostó contigo. Pero bueno, ahora tienen sentido cuándo hablaban de que era bipolar.
Excelente, ahora parece que ni siquiera realmente me amó. Y yo que me sentía el rey del mundo.
- ¿En serio? ¿Es bipolar?
- Bueno, eso nos contó una vez su primo, el Bosco… ¿lo conoces? Salió del colegio hace como dos años.
- Sí, sí. Me acuerdo. Que terrible. ¿Él te dijo que era bipolar?
- Sí. Una vez nos dijo que no le creyéramos todo lo que decía porque era bipolar, y lo estaban tratando, pero cuando se ponía depresivo decía muchas mentiras. Muchas.
- Y tú creías que yo era gay – me reí – Imbécil.
- Perdóname. Pero no es la primera vez que me lo dicen.
Sentí que hablaba en serio. Pero al mirarle los ojos comprendí. Estaba bromeando otra vez.
- A mí una vez me dijeron que te acostaste con el Padre Guzmán.
- Enfermo, es mi tío.
- Peor, te acuestas con tu tío que es un cura. Pervertido.
Nunca fue su tío. Rafa solía mentir de esa manera. Habíamos estado hablando todo el tiempo con la toalla en la cintura. Rafa, de pronto, se me acercó con una leve sonrisa. La discusión se había calmado, y tras unas miradas cómplices, me abrazó.
- Déjame abrazarte.
Al acercarse, sentí su ombligo tocar el mío. No sabía exactamente cómo responder. Me gustaba físicamente, pero habíamos cultivado una relación de amigos heterosexuales, y habiendo tenido la oportunidad de confesárselo hace unos minutos, me obligaba a actuar como si no me gustara. Me paralicé por unos instantes.
- ¿Te puedo dar un beso? – me preguntó al oído.
- ¡Suéltame, homosexual! – le grité empujándolo hacia atrás, fingiendo una cara de asco.
Él se mató de la risa. Le pareció una excelente broma. Le pedí, fingiendo asco todavía, que se fuera de mi pieza, porque no quería desnudarme frente a él. Fue quizás la única vez que ha hecho una broma actuando como homosexual. Me arrepentí tantas veces de no haberle seguido el juego.
martes, 8 de febrero de 2011
sábado, 5 de febrero de 2011
7: Me acabo de dar cuenta. Nunca valiste la pena.
Las cosas de la vida, he aprendido, son exageradamente complejas. El que crea que todo se puede reducir a blanco y negro, buenos y malos, feos y lindos, tiene un serio problema. Lo más probable es que le cueste encontrar la solución a muchos de sus problemas. Y que sea un saltador de barreras, como diría años después una sicóloga en la universidad. De esos que encuentran que la única forma de salir de un problema es, generando otro. Da lo mismo como, con tal que se acabe.
Y es que el ser humano es incapaz de seguir mucho tiempo en una emoción. Incluso después de un funeral, uno se cansa de tanto dolor, y temporalmente, aunque sea por unos minutos, anula el sentimiento. Aunque sea la persona que más amaste en el mundo. Cansa. Y por la salud mental, uno debe descansar.
Por eso es que me parece que es un error el calificar a las personas. La generalización te obliga a encasillarla. Suponer que todos los mentirosos serán siempre mentirosos es una falacia. Tal como que todos los honestos serán siempre honestos. Las casillas simplifican, es más fácil entenderlos, sacar conclusiones, quizá, pero para solucionar las cosas, se debe ver el plano completo.
Es cierto que los seres humanos somos predecibles, pero para predecir se requiere experiencia, y muchas veces las conclusiones que sacamos de determinadas experiencias están erradas. Y dentro de esa complejidad, ese día decidí que no tengo sintonía con Martín.
- No entendí. ¿Me dijiste Pato?
- Sí. Sí sé que eras tú, Mateo.
- ¿Quién?
- El del chat. No te hagas…
Sabía que me había descubierto, que no tenía sentido, si quería hablar con él, seguir mintiendo. De esa forma no llegaría a ninguna parte. Y, habiéndome descubierto, decidió de todas formas venir a juntarse conmigo. Algo debe significarse. Y yo quería preguntarle si le gustaba. A lo menos, podía irme a casa con un beso gay entre mis experiencias.
- Ya… sí sé que sabías que era yo. Lo admito.
- Mentiroso – miró enojado.
- Oye, no te mentí. No era contigo con quién quería hablar, era cualquiera. Y qué sentido tendría decir mi verdadero nombre, si pensaba en hablar con un desconocido.
- No te creo.
- Ay, Martín. No seas paranoico. ¿Cómo iba a saber qué te iba a encontrar a ti ahí?
Traté de reírme, porque la situación no me parecía tan grave. Es verdad, me sentí incómodo, descubierto, pero en vez de seguir con la historia falsa, mejor admitía la verdad y así dejábamos el malentendido de lado.
- No me parece gracioso, Pato… o Mateo. Ya no sé cómo decirte.
- ¿Estás hablando en serio?
Supuse, que lo mejor que podría salir todo es que Martín de un segundo a otro dijera “Ya, si estoy bromeando. Me da lo mismo. Ahora bésame y vamos a mi cama”. Pero tras varios minutos de incómoda discusión, me di cuenta. Martín no me estaba entendiendo.
- Martín… ¿de verdad te enojaste? – mientras no sabía si sonreír o ponerme a la defensiva. Mi cara, evidentemente, reflejaba insegura incomodidad.
- Obvio que sí. ¿Cómo te sentirías tú si yo me pusiera a mentirte por Internet?
- Bueno, igual me mentiste. Y no por Internet, sino que a la cara.
- ¿Yo? ¿Y qué te dije se puede saber?
- Que tenías novio.
- No te mentí.
- Ah ¿lo tienes?
- Sí.
- Bueno, me mentiste por Internet.
- No es lo mismo… lo hice para descubrirte.
Martín realmente estaba muy enojado. Se paró frente a mí y no estaba muy cerca, pero sentí que en cualquier momento me golpeaba. Yo no comprendía qué ocurría. ¿Estaba hablando en serio?
- ¿Descubrirme? ¿Qué cosa? Martín… para. ¿De verdad estamos discutiendo por esto?
- Yo no estoy discutiendo. No puedo creer que creí que éramos amigos. Se supone que los amigos no se mienten.
- Oye, yo no te dije a ti Martín que me llamaba Pato. Se lo dije a “Solitario”. Y no es justo. ¿Qué te pasa?
- Pasa que detesto a la gente falsa.
- ¿Ah?
- La gente falsa como tú. Eres un mentiroso. ¿Cuántas veces más me mentiste? ¿A quién más le has mentido?
- A ti nunca te mentí. No ando por ahí diciéndole a la gente que soy un “solitario” si tengo novio. No soy tan mentiroso. ¿Qué dirá Gustavo?
- Él sabe todo. No le miento. Yo le digo toda la verdad a la gente que me importa. No soy como tú.
Perfecto. Entendí lo que pasaba. Para Martín resultaba que por hacerme pasar por Pato era muy terrible. Prefería que me hubiera puesto como “Caliente”, “Hetero”, “Joven” o “Solitario”, pero Pato era imperdonable. Y Martín era de los que parecían ser incapaces de perdonar.
- Bueno, perdóname Martín. No quise mentirte. Por eso vine a hablar contigo.
Habrá sido mi último intento por arreglar las cosas.
- ¿Quién me asegura que no vas a meterte de nuevo al chat?
- ¿El problema es que me metiera?
- No. El problema es que te metieras a mentir. Te apuesto que tu historia no es real.
De pronto, Martín me pareció mucho menos atractivo que antes. Su cara reflejaba inmadurez. Su cuerpo perfecto, inseguridad. Su único atributo era estético, y ahora comprendía por qué era así. Sentía que tenía que librarse de los mentirosos apenas pareciesen serlo. Que su vida sólo podía ser exitosa en la medida en que fuera trasparente. De alguna forma, veía en blanco y negro.
- Martín, parece que me voy a ir. No entras en razón.
- Si te vas no te hablaré más en mi vida.
- Si no te interesa entenderme, quizás es mejor así.
- Te he tratado de entender… pero me cargan los mentirosos.
- Déjame ver si entiendo. Tú puedes mentirme por Internet, porque intentabas saber si era yo… ¿pretendías que te dijera de pronto “Oh, no soy Pato. Soy Mateo ¡ámame!”? ¿Y que me diera lo mismo tu “mentira” de Gustavo?
- No seas estúpido. Claramente no era eso.
- ¿Y qué? ¿Qué hubiera pasado si no hubiese sido yo? ¿Le habrías mentido al verdadero Pato? ¿Y además tenía que habértelo perdonado?
- No es lo mismo, Mateo. No estás entendiendo.
- No, Martín. Tú no entiendes.
- Me acabo de dar cuenta. Siempre fuiste un mentiroso.
- ¡Por favor!
- En serio.
Tomé mi mochila, lo miré a los ojos y supe que sería la última vez.
- Me acabo de dar cuenta. Nunca valiste la pena.
Al irme no intenté siquiera darme vuelta a mirarlo. Era tan poco racional. Tan cerrado en sus conclusiones de cosas perdonables y cosas imperdonables. Espero que no me toque relacionarme con más gente así.
Y es que el ser humano es incapaz de seguir mucho tiempo en una emoción. Incluso después de un funeral, uno se cansa de tanto dolor, y temporalmente, aunque sea por unos minutos, anula el sentimiento. Aunque sea la persona que más amaste en el mundo. Cansa. Y por la salud mental, uno debe descansar.
Por eso es que me parece que es un error el calificar a las personas. La generalización te obliga a encasillarla. Suponer que todos los mentirosos serán siempre mentirosos es una falacia. Tal como que todos los honestos serán siempre honestos. Las casillas simplifican, es más fácil entenderlos, sacar conclusiones, quizá, pero para solucionar las cosas, se debe ver el plano completo.
Es cierto que los seres humanos somos predecibles, pero para predecir se requiere experiencia, y muchas veces las conclusiones que sacamos de determinadas experiencias están erradas. Y dentro de esa complejidad, ese día decidí que no tengo sintonía con Martín.
- No entendí. ¿Me dijiste Pato?
- Sí. Sí sé que eras tú, Mateo.
- ¿Quién?
- El del chat. No te hagas…
Sabía que me había descubierto, que no tenía sentido, si quería hablar con él, seguir mintiendo. De esa forma no llegaría a ninguna parte. Y, habiéndome descubierto, decidió de todas formas venir a juntarse conmigo. Algo debe significarse. Y yo quería preguntarle si le gustaba. A lo menos, podía irme a casa con un beso gay entre mis experiencias.
- Ya… sí sé que sabías que era yo. Lo admito.
- Mentiroso – miró enojado.
- Oye, no te mentí. No era contigo con quién quería hablar, era cualquiera. Y qué sentido tendría decir mi verdadero nombre, si pensaba en hablar con un desconocido.
- No te creo.
- Ay, Martín. No seas paranoico. ¿Cómo iba a saber qué te iba a encontrar a ti ahí?
Traté de reírme, porque la situación no me parecía tan grave. Es verdad, me sentí incómodo, descubierto, pero en vez de seguir con la historia falsa, mejor admitía la verdad y así dejábamos el malentendido de lado.
- No me parece gracioso, Pato… o Mateo. Ya no sé cómo decirte.
- ¿Estás hablando en serio?
Supuse, que lo mejor que podría salir todo es que Martín de un segundo a otro dijera “Ya, si estoy bromeando. Me da lo mismo. Ahora bésame y vamos a mi cama”. Pero tras varios minutos de incómoda discusión, me di cuenta. Martín no me estaba entendiendo.
- Martín… ¿de verdad te enojaste? – mientras no sabía si sonreír o ponerme a la defensiva. Mi cara, evidentemente, reflejaba insegura incomodidad.
- Obvio que sí. ¿Cómo te sentirías tú si yo me pusiera a mentirte por Internet?
- Bueno, igual me mentiste. Y no por Internet, sino que a la cara.
- ¿Yo? ¿Y qué te dije se puede saber?
- Que tenías novio.
- No te mentí.
- Ah ¿lo tienes?
- Sí.
- Bueno, me mentiste por Internet.
- No es lo mismo… lo hice para descubrirte.
Martín realmente estaba muy enojado. Se paró frente a mí y no estaba muy cerca, pero sentí que en cualquier momento me golpeaba. Yo no comprendía qué ocurría. ¿Estaba hablando en serio?
- ¿Descubrirme? ¿Qué cosa? Martín… para. ¿De verdad estamos discutiendo por esto?
- Yo no estoy discutiendo. No puedo creer que creí que éramos amigos. Se supone que los amigos no se mienten.
- Oye, yo no te dije a ti Martín que me llamaba Pato. Se lo dije a “Solitario”. Y no es justo. ¿Qué te pasa?
- Pasa que detesto a la gente falsa.
- ¿Ah?
- La gente falsa como tú. Eres un mentiroso. ¿Cuántas veces más me mentiste? ¿A quién más le has mentido?
- A ti nunca te mentí. No ando por ahí diciéndole a la gente que soy un “solitario” si tengo novio. No soy tan mentiroso. ¿Qué dirá Gustavo?
- Él sabe todo. No le miento. Yo le digo toda la verdad a la gente que me importa. No soy como tú.
Perfecto. Entendí lo que pasaba. Para Martín resultaba que por hacerme pasar por Pato era muy terrible. Prefería que me hubiera puesto como “Caliente”, “Hetero”, “Joven” o “Solitario”, pero Pato era imperdonable. Y Martín era de los que parecían ser incapaces de perdonar.
- Bueno, perdóname Martín. No quise mentirte. Por eso vine a hablar contigo.
Habrá sido mi último intento por arreglar las cosas.
- ¿Quién me asegura que no vas a meterte de nuevo al chat?
- ¿El problema es que me metiera?
- No. El problema es que te metieras a mentir. Te apuesto que tu historia no es real.
De pronto, Martín me pareció mucho menos atractivo que antes. Su cara reflejaba inmadurez. Su cuerpo perfecto, inseguridad. Su único atributo era estético, y ahora comprendía por qué era así. Sentía que tenía que librarse de los mentirosos apenas pareciesen serlo. Que su vida sólo podía ser exitosa en la medida en que fuera trasparente. De alguna forma, veía en blanco y negro.
- Martín, parece que me voy a ir. No entras en razón.
- Si te vas no te hablaré más en mi vida.
- Si no te interesa entenderme, quizás es mejor así.
- Te he tratado de entender… pero me cargan los mentirosos.
- Déjame ver si entiendo. Tú puedes mentirme por Internet, porque intentabas saber si era yo… ¿pretendías que te dijera de pronto “Oh, no soy Pato. Soy Mateo ¡ámame!”? ¿Y que me diera lo mismo tu “mentira” de Gustavo?
- No seas estúpido. Claramente no era eso.
- ¿Y qué? ¿Qué hubiera pasado si no hubiese sido yo? ¿Le habrías mentido al verdadero Pato? ¿Y además tenía que habértelo perdonado?
- No es lo mismo, Mateo. No estás entendiendo.
- No, Martín. Tú no entiendes.
- Me acabo de dar cuenta. Siempre fuiste un mentiroso.
- ¡Por favor!
- En serio.
Tomé mi mochila, lo miré a los ojos y supe que sería la última vez.
- Me acabo de dar cuenta. Nunca valiste la pena.
Al irme no intenté siquiera darme vuelta a mirarlo. Era tan poco racional. Tan cerrado en sus conclusiones de cosas perdonables y cosas imperdonables. Espero que no me toque relacionarme con más gente así.
martes, 1 de febrero de 2011
6: Oye, ¿y no tienes foto?
Siempre pensé, lo malo de sentirse “confundido” sexualmente, es que como todo en la vida, no viene con manual. Pero lo peor, es que estás solo. No siempre, y no tan exageradamente. Pero te sientes así. Miras a tus amigos, y los ves con problemas más… normales. Sus mayores conflictos son la ropa que elegir, o la bebida que tomar, mientras que para ti, en este caso, es de qué sexo elegir a tu pareja. Y es que, aunque con el tiempo miro estas frases y me doy cuenta de lo inmaduras que suenan, así se siente uno. No basta la confusión, no basta la vergüenza, el asco, la tristeza y el tener que mentirle a los cercanos. No. Hace falta sentirse un poco solo. Y es que nadie te puede comprender realmente. Si no te has sentido solo, es porque no eres tan gay después de todo.
Y esa es la mayor complejidad de la vida. Porque, es raro, es confuso, te sientes mal y crees que decepcionas a todos. Luchas contra esa condición, pero no se puede y no tienes quién te oriente. Por lo menos, me parecía, mis amigos heterosexuales podían contar abiertamente con sus familias. Yo nunca lo dudé, pero esa mentira, el que den por hecho que yo también sea heterosexual, me hacía distanciarme.
Y bueno, Sebastián no había ayudado mucho. Me dejó con problemas para dormir varios días. De sólo recordar esa escena, me ponía nervioso. Sentía como me subía la presión, y hasta que me ponía colorado. No le contesté el teléfono a nadie, y aunque Rafa insistía muy seguido, mi obstinación era mayor. Tampoco me conecté al MSN por muchos días. Sabía que la mirada que me dio después de que Sebastián dijo lo que dijo iba a requerir una conversación seria. Y evitarlo toda esa noche no fue difícil si uno se esconde en un baño.
Sabía que tenía que hablar con alguien por último, por mi sanidad mental. Alguien con quien hablar, aun cuando tienes la depresión más grande de la vida, realmente te ayuda a ordenar las ideas. Si las tienes que decir, las tienes que pensar.
Esperé a que mi padre se fuera, y empecé a conversar con desconocidos en el chat. Me había puesto un nombre común. Pato, recuerdo. Aclaré que no buscaba sexo y que sólo quería conversar un rato. Así como si todo estuviera normal.
Esperé a que mi padre se fuera, y empecé a conversar con desconocidos en el chat. Me había puesto un nombre común. Pato, recuerdo. Aclaré que no buscaba sexo y que sólo quería conversar un rato. Así como si todo estuviera normal.
Me hablaron distinguidos señores, decían que pagarían lo que fuera por mí. Que no importaba si era gordo, feo, peludo o virgen. Les daba lo mismo. También estaban esos – incómodos – homosexuales femeninos. Me trataban como un bebé. Sus nicknames en el MSN tenían florcitas y al reírse mandaban un gif de Mickey Mouse. No tengo nada contra nadie per sé, pero que me gusten los pectorales masculinos ya me hacía sentir poco hombre.
Encontré también a un par de muchachos confundidos que me hacían sentir muy inteligente. Es que, Einstein sabía muy bien que la estupidez humana está por todas partes, y aquellos confundidos que pretendían vivir como si nada, con pequeñas escapadas homosexuales, estaban diseñando su propio infierno.
¿Por qué, Dios mío, cuesta tanto encontrar gente con la que sintonizar? Ni siquiera pido que sea mi alma gemela, sólo que tenga un poco de racionalidad. O por lo menos que disimule bien sus falencias.
Pensando otra vez, que otra jornada en el chat fue tiempo totalmente perdido, porque ni siquiera dijeron cosas eróticas como para inspirarme en mi pieza en la noche, estaba a punto de irme, cuando me habló un Solitario. Me preguntó de qué quería hablar. ¿Penas de amor?
- No sé realmente. No me da pena. Y aunque hay amor, está atrapado en un difícil contexto.
- No sé realmente. No me da pena. Y aunque hay amor, está atrapado en un difícil contexto.
- ¿Cuál? Peor que el mío no puede ser.
Pensé que era un depresivo, y aunque me sienta muy mal, no me gusta esa gente, porque no es capaz de sonreír diariamente, algo que – quizás por costumbre – siempre he hecho.
- ¿Por qué? ¿Qué te pasó a ti?
- Le dije a un amigo que me gustaba que tenía novio y no supe más de él
- ¿Y eso te da pena por…?
- Es mentira. Y me gustaba él. Bueno, todavía.
- ¿Y eso te da pena por…?
- Es mentira. Y me gustaba él. Bueno, todavía.
- ¿Por qué no le dices? La gente puede cambiar, perdonar, arrepentirse.
- ¿Y tú, por qué no le dices a tu amor lo que sea que no te de pena? También puede arrepentirse.
- Jajajaja. ¿De qué? ¿De decirle a todo el mundo que estaba enamorado de mí?
- ¿Eso te pasó?
- Sí. Algo así.
Algo en su forma de escribir me parecía muy conocido. Tenía la manía de marcar los tildes, poner una coma y un “jaja”. Era como “¿eso te pasó, jaja?”.
No recordaba a quién me sonaba, pero sospeché que ya me iba a tener agregado a mi MSN y para no sonar patético dando explicaciones de mi nombre o de “por qué ya no me conecté más”, me inventé uno nuevo en dos segundos. Le pedí que me agregara porque me iba a ir del chat y que, bueno, tenía ganas de seguir conversando con él.
Así que fingí llamarme Patricio por un momento, y esperé a que apareciera en mi lista. Me acaba de acordar quién hablaba así.
“Martín dice: Hola”.
“Martín dice: Hola”.
Habíamos dejado de hablar como por un mes y algo más. Lo último que me dijo fue que su novio se llamaba Gustavo.
- ¿Así que no tienes novio?
No sabía qué pensar o sentir. Me dio la oportunidad de saber una verdad, y aunque quizás ya no me importara mucho él, mi ego estaba siendo sumamente manoseado en esa conversación. Y ya le había mentido. Pero no precisamente a él, les mentí a todos y a ninguno a la vez, al hacerme pasar por Pato.
Me contó toda la historia. Y yo también después le conté la mía. Dijo que le parecí muy lindo. Que le gustaba mi sentido del humor. Que tenía unos ojos preciosos, que le parecía muy tierno que le mirara el cuerpo cuando creía que él no me estaba mirando, que me avergonzara de mis abdominales no marcados y que siempre lo hubiera respetado por sobre todas las cosas. Le parecía que era un tipo muy admirable, inteligente y respetuoso.
Cuando me lo decía, me daba cuenta de todas las oportunidades que había tenido para decirme que no estaba pololeando. Y aunque siempre pensé que podía sentir cosas por él, no me había llegado realmente a tocar el corazón. No me sentí ni traicionado, ni mentido, ni engañado, ni nada. Simplemente, pensé que era un malentendido.
- Da lo mismo, jaja. No te preocupes – le dije.
- ¿Por qué dijiste eso?
Pensé, por un segundo, que si le decía que era Mateo en realidad, iba a arreglarse todo. Pero habían tantas confusiones y medias verdades últimamente, que preferí perder esta oportunidad. Seguí con la mentira.
- Oye, ¿y no tienes foto?
Cresta. Debía preparar una mejor mentira. ¿De dónde sacaba un Pato ahora, por último para acabar con esta conversación?
- Ajaja. ¿Y para qué quieres una foto mía? 1313.
- Para conocer al que me hace olvidar a Mateo, pues.
Doble cresta. Se desenamoró de mí para enamorarse de mi otro mí.
Cerré sesión. Dejé de hablarle por mucho tiempo, y me di cuenta que tenía que sí o sí conversar con él. Sabiendo la plaza que quedaba cerca de su casa, decidí pasar esa misma tarde a ver si lo encontraba. Sabía que si era urgente, me atendería. Habíamos sido amigos que tenían mucha conexión entre sí como para que me haga la desconocida.
Como eran cerca de las 9 de la noche y no aparecía, decidí llamarlo. Le pregunté si estaba por ahí, si estaba disponible y si tenía ganas de conversar un poco conmigo.
A los 10 minutos apareció. Su ropa, de nuevo muy ajustada me hizo recordar lo que me hacía sentir. Es que, no siempre tienes la oportunidad de conversar con gente linda. Y además de su precioso cuerpo, él era muy inteligente. Y después de la confesión de esa tarde, me parecía que lo mínimo que debía suceder, era sentirme atractivo para él.
Y eso sí que demoró. Me arreglé la incipiente barba, me probé varios peinados, había incluso intentado distintas combinaciones de ropa y perfume. Supuse, que esta vez podría lograr algo más físico.
Se acercó sonriendo.
- Buena, Pato. ¿Cómo estás?
O se confunde mucho con los nombres, estaba pensando en él, o simplemente descubrió la mentira. Como haya sido, me descolocó.
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