Era suficiente. Las cosas no eran simples y ya me había confundido demasiado. Lo mejor que podía hacer era alejarme un poco de las cosas y reflexionarlas, pero claro, ahora me doy cuenta que eso era lo mejor y que lo que hice, en definitiva no fue necesariamente lo más adecuado. Es que, me sentía vulnerado. Creía, idiotamente, que cada vez que alguien se reía detrás de mí lo hacía porque sospechaba que era gay. O que al mirarme, sentían que tenía algo que esconder. De alguna forma, me empecé a crear la idea de que Sebastián estaba fingiendo, que con algunos amigos decidió empezar a molestarme y que si yo decía o hacía algo, ellos, todos, se burlarían de mí. Dirían cosas que yo no quería que supieran de mí.
La paranoia no era tremenda, pero si me obligó a aislarme de la gente. Decidí que no le hablaría más a Sebastián, a menos que él lo haga, y que sólo será una relación de compañeros. Que a las fiestas no iré a emborracharme. Que no me mostraré como soy. Que no seguiré hablando con Martín y que negarlo todo siempre sería una solución.
Claro, ahora sé que fue una horrible decisión que me consumió mucho tiempo, que me hizo esclavo de lo que creía que los demás creían, que me sumergió en una especie de vida falsa y que me motivó a hacer cosas que nunca debí hacer. Pero la historia ya no la puedo cambiar.
Lo primero que intenté hacer fue marginarme de las actividades públicas. Dejé de juntarme con mis amigos en grupos masivos porque eso me obligaba a hablar de mujeres, a intentar pinchar con alguna niña y a que los demás juzgaran esos comportamientos.
Ahí fue cuando comenzó lo peor. Nada peor que para un joven confundido el aislarse de su realidad y someterse – porque tiene que someterse – a otra. La única realidad a la mano y relativamente segura, porque podía controlarla como quisiera, era la que me ofrecía internet.
No era fanático de los chats gays. Pero cuando me metía, inventaba que era un hombre perfecto, muy feliz y atractivo. Demostraba, justamente, lo que no tenía. Conversaba con mayores, con menores. A cada uno le inventaba una historia distinta, y exactamente la que me parecía que pedían. Desarrollé así una capacidad de distinguir personalidades por los nicks, de que la forma de hablar, los colores de las letras, las fotos y todo el lenguaje no verbal me dijera qué es lo que buscaba cada persona. La misión no era encontrar a mi perfecto, la misión era ser el perfecto para todos. Cambiaba mi forma de hablar, la música que me gustaba, mis fotos, mi nombre, mis intereses, todo de acuerdo a lo que ellos pedían. Me inventé una cantidad irrecordable de mails, MSN. Tenía una base de datos ilimitada de personajes que se suponía que era. Y eso, a la larga, me hizo un perfecto mentiroso.
Era necesario, para ese estado en el que estaba, poder comprender la mentira. Saber cómo funcionaba, cuándo no. De qué manera la gente me creería, quiénes lo harían. Hasta, fue tanto lo que desarrollé, que era capaz de crear los contextos emocionales para que la gente creyera todo. Cuando ya no quería hablar más con alguien, fingía que me iba del país, que estaba muy enfermo, que me moría.
Fui capaz de crear todos los contextos emocionales posibles. Y con eso, que las personas se enamorarán de mí. Quizás el no verme, y el que su mente les de la imaginación de que podría ser su príncipe azul ayudaba. Pero también mi personalidad. Las palabras que decía, la forma, el momento.
Fue tanto, que el ocio, el miedo de reconocer la verdad y mi aislamiento inicial, se habían desvanecido y ahora el interés de manipular gente me absorbía completamente. Nunca fue algo bueno, lo sé. Pero así sucedió.
Tiempo después, descubrí que aunque mis mentiras podían ser absurdas, la gente las creía porque quería hacerlo. Quería confiar en mí. Y nunca les permití desarrollar la posibilidad de desconfiar. Eso es lo central para ser un buen mentiroso. Y además, me generó la capacidad de crear historias, de darle sustento, del pensamiento abstracto y del lenguaje. Parte de eso quizás es lo que permitió que estuviera escribiendo estas líneas esta noche.
Me encontré, entre la gente que se repetía en el chat, varias veces con Martín. Al principio no me interesó mucho conversar con él, suponía que no tenía mucho nuevo que aportar, pero luego, cuando quise saber cómo conocía a Sebastián, le pregunté.
Me confesó que lo conoció por el Chat también, y que estuvo enamorado de él, pero que Sebastián había decidido empezar una relación con Leonor, lo que finalmente, justificó que no estuviera ni conmigo ni con él. A ese nivel, me había dejado de importar.
Al único que parecía importarle era a Rafa. Iba mucho más seguido a mi casa, me preguntaba cómo me sentía, si todo iba bien. Sentía que algo raro estaba pasando. Sólo le dije que ya no me interesaba tomar tanto con ellos, o salir a conocer mujeres. Que me puse un poco más serio. Rafa no se convencía rápido, pero con este tema no insistía mucho. Creía que necesitaba mi intimidad, quizás, y aunque seguía apareciendo en la casa, no preguntaba por esto. Me dijo sí, que en un momento, Sebastián le había preguntado por mí, porque sentía que nuestro episodio lo estaba marginando del grupo y que no quería que eso sucediera, porque, finalmente, todos éramos amigos de todos.
Sólo le dije que estaba bien y que no era eso. Que ya no tenía plata para salir, que prefería dormir o estudiar y que me interesaban otras cosas, las que, eso sí, nunca le dije del todo.
Un día, Rafa se metió al computador para terminar un informe, y encontró en el historial el chat gay. Yo entré a la pieza, lo vi en el computador, y supe, por su nerviosismo que lo había encontrado. Minutos después de que se fue a su casa, en el computador, yo me di cuenta que no estaba borrado el historial y que ya lo sabía. Su mirada, antes de irse, me hizo sospecharlo, y la confirmación vino al rato después. Me llamó por teléfono. Muy asustado fui a abrirle la puerta.
No quería darle explicaciones, no quería que me odiara, no quería que se lo dijera a nadie y tampoco quería que me tratara distinto. No estaba bien que me tratara como un heterosexual, pero durante mucho tiempo me había acomodado y ahora ser el gay era insoportable. Le abrí suavemente, tratando de actuar como si nada. Él, simplemente, me abrazó. Se acercó muy rápido y me abrazó. Sonreía.
- ¿Era eso lo que no me querías contar? – preguntó, mientras yo de tanto susto iba a empezar a llorar.
El de ojos negros
domingo, 3 de abril de 2011
domingo, 13 de marzo de 2011
9: De donde mismo lo conociste tú.
Volver al Colegio tiende a ser una de las peores cosas que pueden pasar cuando realmente estás disfrutando un verano. Han sido pocos los veranos que realmente me he sentido increíble y que no me haya aburrido después de un tiempo. Es que tiendo a ser muy intenso, según me han dicho, pero eso hace que me aburra rápido de las cosas. Incluso de la gente.
Pero ese verano había estado con mis amigos, mis primos y mucha gente que no conocía y que era muy simpática. Había dormido mucho, troté demasiados kilómetros y reí demasiadas veces. Volver al Colegio, especialmente cuando significaba ver a Sebastián me producía algo de angustia. Rafa estuvo viniendo mucho después de esa vez, y me hizo ver que no era necesario que hablara con él.
Finalmente, podíamos entenderlo como un malentendido. Sin embargo, me molestaba sobremanera hacer como si nada. Como si el tiempo hubiera eliminado la gravedad de los hechos. O no gravedad. Sino que intensidad.
Al llegar, saludé a mucha gente antes que a él, sintiendo que me observaba. Sabía que él notaba mi presencia y que en general para el grupo de amigos en común, era algo incómodo. Pero existía un silencio cómplice que decidimos implícitamente prolongar todo lo necesario. Me sentía observado, mucho. Pero no era algo que me intimidara. Podía manejarlo. Quizás me gustaba esa sensación.
Me acerqué y saludé a Roberto, justo al lado de Sebastián. Él no sabía dónde mirar ni qué cara poner. Mordía un estuche fingiendo que no ocurría nada. Pero yo había pensado muchas veces esta situación, y aunque no me agradaba, me sentía en mejor posición que él para llevar una conversación.
- Sebastián, buena. ¿Cómo estás? – dije sonriendo levemente.
Él sólo me dio su mano y ni se esforzó en mirarme a los ojos. Sabía que si no lo hacía ahí mismo no lo haría jamás.
- ¿Acompáñame a comprar?
Sin decir ni una sola palabra, de nuevo, sólo se levantó. Pensé que me iba a seguir, pero esperó que avanzara para ir tras mío.
- ¿Cómo estuvieron las vacaciones, Seba?
- Bien. Bien. Ahí.
- Ah. Bueno.
Los silencios que prolongaba y las miradas de la gente lo pusieron muy incómodo, y si había algo por lo que se destacaba, era su timidez. Su exagerada timidez, digamos.
- Oye… creo que tenemos que hablar, parece.
- ¿De qué? – preguntó. Su corazón latía tan fuerte que cualquiera ahí podía haberlo oído.
- De lo que pasó en tu cumpleaños pues. Para que quede claro…
Ninguno de los dos habló por un rato. Bajando la escalera, se acercaban más compañeros que habiéndose enterado de lo que ocurrió, nos omitían el saludo. Ni siquiera se acercaban. Incluso vi pasar a Rafa que no me miró a los ojos. Quizás para darme tranquilidad, de que todo estaría ocurriendo normalmente.
- Seba, mira… no tienes nada que explicar. Yo entendí que fue una tontera. Y a mí lo único que me importa es que sigamos siendo amigos.
- Amigos – dijo levantando las cejas. Hasta para las ironías Sebastián apestaba.
- ¿Por qué no?
- Mateo, no sé.
- ¿No sabes qué? Mira, si no me explicas claramente no entenderé nada.
- Yo tampoco entiendo nada.
- ¿Ah?
Sebastián hablaba en código. Siempre dejaba palabras sin decir, frases sin terminar. Le gustaba el misterio quizás, pero su nula expresión oral y emocional me irritaba. Yo, había aprendido hace unas semanas a decir todo lo que pensaba a medida que lo pensaba y a mover un poco mi cuerpo expresándolo. Me gustaba sentirme algo actor, y desde que mi figura mejoraba, sentía que me daba más atención de la gente.
- El Martín me dijo que no tenía que pescarte mucho…
- ¿Martín? ¿Qué Martín?
No teníamos ningún amigo en común que así se llamara, salvo el perro de una amiga. Y no creo que su bipolaridad lo haya llevado a hablar con perros. O al menos a creer que eso pasaba.
- Martín, po. No sé su apellido la verdad. Pero el huevón hueco.
- ¿Hueco? ¿Martín? ¿Cuál?
- El que se dejó barbita po. Del chat.
¿Qué? Dos palabras que no suelo oír juntas. Hueco (gay) y chat. Siempre hay cosas raras cuando uno conversa con la gente, parece.
- Y… ¿cómo lo conoces? – pregunté sin saber qué excusa iba a decir yo. Y por qué Sebastián decía que lo conocía.
- De donde mismo lo conociste tú po. Él me contó lo de ustedes.
Ah. Avanzamos. Al menos me reconoció que es gay. Bueno, se dio a entender.
Pero ese verano había estado con mis amigos, mis primos y mucha gente que no conocía y que era muy simpática. Había dormido mucho, troté demasiados kilómetros y reí demasiadas veces. Volver al Colegio, especialmente cuando significaba ver a Sebastián me producía algo de angustia. Rafa estuvo viniendo mucho después de esa vez, y me hizo ver que no era necesario que hablara con él.
Finalmente, podíamos entenderlo como un malentendido. Sin embargo, me molestaba sobremanera hacer como si nada. Como si el tiempo hubiera eliminado la gravedad de los hechos. O no gravedad. Sino que intensidad.
Al llegar, saludé a mucha gente antes que a él, sintiendo que me observaba. Sabía que él notaba mi presencia y que en general para el grupo de amigos en común, era algo incómodo. Pero existía un silencio cómplice que decidimos implícitamente prolongar todo lo necesario. Me sentía observado, mucho. Pero no era algo que me intimidara. Podía manejarlo. Quizás me gustaba esa sensación.
Me acerqué y saludé a Roberto, justo al lado de Sebastián. Él no sabía dónde mirar ni qué cara poner. Mordía un estuche fingiendo que no ocurría nada. Pero yo había pensado muchas veces esta situación, y aunque no me agradaba, me sentía en mejor posición que él para llevar una conversación.
- Sebastián, buena. ¿Cómo estás? – dije sonriendo levemente.
Él sólo me dio su mano y ni se esforzó en mirarme a los ojos. Sabía que si no lo hacía ahí mismo no lo haría jamás.
- ¿Acompáñame a comprar?
Sin decir ni una sola palabra, de nuevo, sólo se levantó. Pensé que me iba a seguir, pero esperó que avanzara para ir tras mío.
- ¿Cómo estuvieron las vacaciones, Seba?
- Bien. Bien. Ahí.
- Ah. Bueno.
Los silencios que prolongaba y las miradas de la gente lo pusieron muy incómodo, y si había algo por lo que se destacaba, era su timidez. Su exagerada timidez, digamos.
- Oye… creo que tenemos que hablar, parece.
- ¿De qué? – preguntó. Su corazón latía tan fuerte que cualquiera ahí podía haberlo oído.
- De lo que pasó en tu cumpleaños pues. Para que quede claro…
Ninguno de los dos habló por un rato. Bajando la escalera, se acercaban más compañeros que habiéndose enterado de lo que ocurrió, nos omitían el saludo. Ni siquiera se acercaban. Incluso vi pasar a Rafa que no me miró a los ojos. Quizás para darme tranquilidad, de que todo estaría ocurriendo normalmente.
- Seba, mira… no tienes nada que explicar. Yo entendí que fue una tontera. Y a mí lo único que me importa es que sigamos siendo amigos.
- Amigos – dijo levantando las cejas. Hasta para las ironías Sebastián apestaba.
- ¿Por qué no?
- Mateo, no sé.
- ¿No sabes qué? Mira, si no me explicas claramente no entenderé nada.
- Yo tampoco entiendo nada.
- ¿Ah?
Sebastián hablaba en código. Siempre dejaba palabras sin decir, frases sin terminar. Le gustaba el misterio quizás, pero su nula expresión oral y emocional me irritaba. Yo, había aprendido hace unas semanas a decir todo lo que pensaba a medida que lo pensaba y a mover un poco mi cuerpo expresándolo. Me gustaba sentirme algo actor, y desde que mi figura mejoraba, sentía que me daba más atención de la gente.
- El Martín me dijo que no tenía que pescarte mucho…
- ¿Martín? ¿Qué Martín?
No teníamos ningún amigo en común que así se llamara, salvo el perro de una amiga. Y no creo que su bipolaridad lo haya llevado a hablar con perros. O al menos a creer que eso pasaba.
- Martín, po. No sé su apellido la verdad. Pero el huevón hueco.
- ¿Hueco? ¿Martín? ¿Cuál?
- El que se dejó barbita po. Del chat.
¿Qué? Dos palabras que no suelo oír juntas. Hueco (gay) y chat. Siempre hay cosas raras cuando uno conversa con la gente, parece.
- Y… ¿cómo lo conoces? – pregunté sin saber qué excusa iba a decir yo. Y por qué Sebastián decía que lo conocía.
- De donde mismo lo conociste tú po. Él me contó lo de ustedes.
Ah. Avanzamos. Al menos me reconoció que es gay. Bueno, se dio a entender.
martes, 8 de febrero de 2011
8: Déjame abrazarte.
Rafa me había estado llamando últimamente como loco. Sabía que estaba en la ciudad, que no saldría de vacaciones, que lo estaba evitando pero que, realmente yo quería hablar con él. Teníamos una conversación pendiente, y él siempre fue muy impaciente.
Me obligaba a decir lo que sentía mientras lo sentía. Cada vez que habíamos discutido en el pasado, me decía “Pero no te vayas, dime qué te pasa”. Nunca fui muy bueno manejando la frustración, y la mayoría de las veces, me retaba porque, según él, anulaba los sentimientos.
Decía que no era malo sentir odio, si es que eso sintiera, aunque hubiese sido sólo por un segundo. Rafa me había odiado muchas veces, pero por pequeños instantes, y me decía que así era mucho más fácil volver a quererme después. Nunca tuvo rencor realmente, y cuando en la clase de Sicología estudiamos la Inteligencia Emocional, el profesor – sin saberlo – lo describía a él totalmente.
Alguien dijo alguna vez que la risa provenía después de que la gente conocía los lugares más oscuros, y siempre fue mi teoría con Rafa. Desde que sus padres se separaron, él adquirió esa admirable capacidad de reírse de todo y en todo momento pero sin sonar como burla pedante.
Así que, la mañana de mi cumpleaños traté de contestarle varias veces, pero entre más lo pensaba, más me arrepentía. ¿Qué le diría de Sebastián? ¿Qué le habrá dicho él? Sabía que no era mi culpa, que racionalmente no debía incomodarme, porque que yo a un hombre le guste no me convierte en homosexual, pero la sola idea de hablar de eso me sometía a incomodidades que no sabría sortear.
En eso, decidí fingir que nada pasaba, y así, evitando el tema, me sentiría más cómodo. Cuando mi mamá me preguntó si iba a venir alguien le respondí violentamente “No sé, y no me importa. Voy a bañarme en la piscina”. Y eso hice. Estuve cerca de 3 horas bajo el agua, actuando como si nada. Mi papá había construido una diminuta extensión para que Pía pudiera sentarse y chapotear, y por mucho tiempo, ella fue mi única acompañante por ese día. No me daba pena, para nada. Me hacía sentir seguro. Y mi seguridad de nuevo se agotó, cuando viene Alan y me avisa que llegó un amigo.
Tras él, Rafa. En sus manos traía una bolsa y un envoltorio de papel de regalo. Se sonreía mientras mi madre le preguntaba si quería tomar algo. No sabía exactamente a quién mirar o qué decir, pero Rafa interrumpió el silencio. Me preguntó si tenía otro traje de baño.
- Ehh… sí, sí. Supongo. Mamá ¿están limpios?
- Voy a buscar. Rafa, ven.
Es mi amigo. No tenía de qué preocuparme. No me había juzgado antes, no lo haría ahora. No sé a qué le tenía tanto miedo, pero que él estuviera ahí, que se pusiera mi ropa, que fuera mi cumpleaños, que me hubiera visto ahí, solo, que me preguntara por Sebastián. Todo, me ponía exageradamente nervioso.
Se metió en la piscina muy rápido, y estuvimos ahí, tirándonos agua mutuamente por mucho rato. Sin mucho qué decir, me preguntaba cómo había estado, si había visto a alguien, y frente a todo, lanzaba un par de frases que me hacían reír. Habíamos inventado una especie de pseudo idioma, y para cada palabra, le poníamos un nuevo sonido, y Rafa hacía que fuera muy chistoso.
Mi pieza estaba separada del resto de la casa, tenía la entrada por el patio y la ventana daba a la calle. Antes, había sido la cochera para el auto, pero con la expansión familiar, mi papá decidió transformarla en un lugar para mí y Alan. Y aunque estuvimos juntos un par de meses, finalmente decidió trasladarse a un nuevo rincón dentro de la casa, porque el ruido del patio le impedía estudiar, y sí, nos amamos infinitamente, pero discutíamos siempre. Una vez llegó ebrio él y su novia, y me botaron encima una estantería con libros mientras intentaba dormir.
Entonces, cuando Rafa y yo nos fuimos a mi pieza, nadie se enteró y no nos molestaron. Fue ahí cuando me obligó a responder sus preguntas. Me dijo que sabía que lo había estado evitando, y que aunque podía tener excusas para todo, lo mínimo que él esperaba, era una explicación.
- ¿Por?
- Lo que dijo Sebastián. Tú sabes que yo me di cuenta.
- ¿Qué dijo?
- Mateo…
- Ay, Rafa. Estaba borracho, cómo le crees. Yo también me pasé rollos en algún momento, pero no… olvídalo, se confundió.
- ¿Con quién?
- No sé, alguna mina. Quizás creyó que era Leonor.
- Yo pensé que a ti te gustaba ella.
- Me gustó. Me gustó. Pero ya viste cómo empezó a salir con él. No iba a entrometerme por una mina.
- Pero a él le gustabas tú…
- ¿Me estás tomando el pelo? Supongo que es una broma. No le puedo gustar yo, imbécil. Sebastián no es gay.
- Y tú tampoco…
Me detuve riendo incómodo. Cuando pude ver que su cara no estaba contando un chiste, me sentí peor. ¿Me lo decía en serio? Estaba sugiriendo algo que nunca le di razón de pensar.
- Mateo, no te voy a odiar…
- Rafa ¿qué te pasa? – traté de sonar agresivo, pero mi voz entrecortada le dio sentido.
- Sebastián me dijo que se habían acostado.
¿Qué? Esto sí que era extraño. Sospechaba de algo cierto porque alguien le contó algo falso. Y lo falso siempre fue algo que yo quise que fuera cierto. ¿Qué carajo le pasa a Sebastián?
- ¿Qué carajo le pasa a Sebastián? ¿Qué te dijo? ¿Y tú? ¿Cómo le crees esa brutalidad?
- No, si yo no le creí tampoco. Pero si tú no me contestabas, pensé que era por algo más fuerte.
- ¿Y pensaste que soy gay? – la mentira que dijo Sebastián me había orientado un poco a cómo actuar cuándo dicen cosas falsas. Y me inspiró a hacerlo convincentemente.
- No, ah… jaja. No, no pensé que… Ya, olvídalo. Fue una estupidez.
- Obvio que fue una estupidez. ¿Y qué cresta le pasa a Sebastián? ¿Por qué te dijo eso?
- Bueno, yo le pregunté a qué se refería con amarte. Y me dijo que se acostó contigo. Pero bueno, ahora tienen sentido cuándo hablaban de que era bipolar.
Excelente, ahora parece que ni siquiera realmente me amó. Y yo que me sentía el rey del mundo.
- ¿En serio? ¿Es bipolar?
- Bueno, eso nos contó una vez su primo, el Bosco… ¿lo conoces? Salió del colegio hace como dos años.
- Sí, sí. Me acuerdo. Que terrible. ¿Él te dijo que era bipolar?
- Sí. Una vez nos dijo que no le creyéramos todo lo que decía porque era bipolar, y lo estaban tratando, pero cuando se ponía depresivo decía muchas mentiras. Muchas.
- Y tú creías que yo era gay – me reí – Imbécil.
- Perdóname. Pero no es la primera vez que me lo dicen.
Sentí que hablaba en serio. Pero al mirarle los ojos comprendí. Estaba bromeando otra vez.
- A mí una vez me dijeron que te acostaste con el Padre Guzmán.
- Enfermo, es mi tío.
- Peor, te acuestas con tu tío que es un cura. Pervertido.
Nunca fue su tío. Rafa solía mentir de esa manera. Habíamos estado hablando todo el tiempo con la toalla en la cintura. Rafa, de pronto, se me acercó con una leve sonrisa. La discusión se había calmado, y tras unas miradas cómplices, me abrazó.
- Déjame abrazarte.
Al acercarse, sentí su ombligo tocar el mío. No sabía exactamente cómo responder. Me gustaba físicamente, pero habíamos cultivado una relación de amigos heterosexuales, y habiendo tenido la oportunidad de confesárselo hace unos minutos, me obligaba a actuar como si no me gustara. Me paralicé por unos instantes.
- ¿Te puedo dar un beso? – me preguntó al oído.
- ¡Suéltame, homosexual! – le grité empujándolo hacia atrás, fingiendo una cara de asco.
Él se mató de la risa. Le pareció una excelente broma. Le pedí, fingiendo asco todavía, que se fuera de mi pieza, porque no quería desnudarme frente a él. Fue quizás la única vez que ha hecho una broma actuando como homosexual. Me arrepentí tantas veces de no haberle seguido el juego.
Me obligaba a decir lo que sentía mientras lo sentía. Cada vez que habíamos discutido en el pasado, me decía “Pero no te vayas, dime qué te pasa”. Nunca fui muy bueno manejando la frustración, y la mayoría de las veces, me retaba porque, según él, anulaba los sentimientos.
Decía que no era malo sentir odio, si es que eso sintiera, aunque hubiese sido sólo por un segundo. Rafa me había odiado muchas veces, pero por pequeños instantes, y me decía que así era mucho más fácil volver a quererme después. Nunca tuvo rencor realmente, y cuando en la clase de Sicología estudiamos la Inteligencia Emocional, el profesor – sin saberlo – lo describía a él totalmente.
Alguien dijo alguna vez que la risa provenía después de que la gente conocía los lugares más oscuros, y siempre fue mi teoría con Rafa. Desde que sus padres se separaron, él adquirió esa admirable capacidad de reírse de todo y en todo momento pero sin sonar como burla pedante.
Así que, la mañana de mi cumpleaños traté de contestarle varias veces, pero entre más lo pensaba, más me arrepentía. ¿Qué le diría de Sebastián? ¿Qué le habrá dicho él? Sabía que no era mi culpa, que racionalmente no debía incomodarme, porque que yo a un hombre le guste no me convierte en homosexual, pero la sola idea de hablar de eso me sometía a incomodidades que no sabría sortear.
En eso, decidí fingir que nada pasaba, y así, evitando el tema, me sentiría más cómodo. Cuando mi mamá me preguntó si iba a venir alguien le respondí violentamente “No sé, y no me importa. Voy a bañarme en la piscina”. Y eso hice. Estuve cerca de 3 horas bajo el agua, actuando como si nada. Mi papá había construido una diminuta extensión para que Pía pudiera sentarse y chapotear, y por mucho tiempo, ella fue mi única acompañante por ese día. No me daba pena, para nada. Me hacía sentir seguro. Y mi seguridad de nuevo se agotó, cuando viene Alan y me avisa que llegó un amigo.
Tras él, Rafa. En sus manos traía una bolsa y un envoltorio de papel de regalo. Se sonreía mientras mi madre le preguntaba si quería tomar algo. No sabía exactamente a quién mirar o qué decir, pero Rafa interrumpió el silencio. Me preguntó si tenía otro traje de baño.
- Ehh… sí, sí. Supongo. Mamá ¿están limpios?
- Voy a buscar. Rafa, ven.
Es mi amigo. No tenía de qué preocuparme. No me había juzgado antes, no lo haría ahora. No sé a qué le tenía tanto miedo, pero que él estuviera ahí, que se pusiera mi ropa, que fuera mi cumpleaños, que me hubiera visto ahí, solo, que me preguntara por Sebastián. Todo, me ponía exageradamente nervioso.
Se metió en la piscina muy rápido, y estuvimos ahí, tirándonos agua mutuamente por mucho rato. Sin mucho qué decir, me preguntaba cómo había estado, si había visto a alguien, y frente a todo, lanzaba un par de frases que me hacían reír. Habíamos inventado una especie de pseudo idioma, y para cada palabra, le poníamos un nuevo sonido, y Rafa hacía que fuera muy chistoso.
Mi pieza estaba separada del resto de la casa, tenía la entrada por el patio y la ventana daba a la calle. Antes, había sido la cochera para el auto, pero con la expansión familiar, mi papá decidió transformarla en un lugar para mí y Alan. Y aunque estuvimos juntos un par de meses, finalmente decidió trasladarse a un nuevo rincón dentro de la casa, porque el ruido del patio le impedía estudiar, y sí, nos amamos infinitamente, pero discutíamos siempre. Una vez llegó ebrio él y su novia, y me botaron encima una estantería con libros mientras intentaba dormir.
Entonces, cuando Rafa y yo nos fuimos a mi pieza, nadie se enteró y no nos molestaron. Fue ahí cuando me obligó a responder sus preguntas. Me dijo que sabía que lo había estado evitando, y que aunque podía tener excusas para todo, lo mínimo que él esperaba, era una explicación.
- ¿Por?
- Lo que dijo Sebastián. Tú sabes que yo me di cuenta.
- ¿Qué dijo?
- Mateo…
- Ay, Rafa. Estaba borracho, cómo le crees. Yo también me pasé rollos en algún momento, pero no… olvídalo, se confundió.
- ¿Con quién?
- No sé, alguna mina. Quizás creyó que era Leonor.
- Yo pensé que a ti te gustaba ella.
- Me gustó. Me gustó. Pero ya viste cómo empezó a salir con él. No iba a entrometerme por una mina.
- Pero a él le gustabas tú…
- ¿Me estás tomando el pelo? Supongo que es una broma. No le puedo gustar yo, imbécil. Sebastián no es gay.
- Y tú tampoco…
Me detuve riendo incómodo. Cuando pude ver que su cara no estaba contando un chiste, me sentí peor. ¿Me lo decía en serio? Estaba sugiriendo algo que nunca le di razón de pensar.
- Mateo, no te voy a odiar…
- Rafa ¿qué te pasa? – traté de sonar agresivo, pero mi voz entrecortada le dio sentido.
- Sebastián me dijo que se habían acostado.
¿Qué? Esto sí que era extraño. Sospechaba de algo cierto porque alguien le contó algo falso. Y lo falso siempre fue algo que yo quise que fuera cierto. ¿Qué carajo le pasa a Sebastián?
- ¿Qué carajo le pasa a Sebastián? ¿Qué te dijo? ¿Y tú? ¿Cómo le crees esa brutalidad?
- No, si yo no le creí tampoco. Pero si tú no me contestabas, pensé que era por algo más fuerte.
- ¿Y pensaste que soy gay? – la mentira que dijo Sebastián me había orientado un poco a cómo actuar cuándo dicen cosas falsas. Y me inspiró a hacerlo convincentemente.
- No, ah… jaja. No, no pensé que… Ya, olvídalo. Fue una estupidez.
- Obvio que fue una estupidez. ¿Y qué cresta le pasa a Sebastián? ¿Por qué te dijo eso?
- Bueno, yo le pregunté a qué se refería con amarte. Y me dijo que se acostó contigo. Pero bueno, ahora tienen sentido cuándo hablaban de que era bipolar.
Excelente, ahora parece que ni siquiera realmente me amó. Y yo que me sentía el rey del mundo.
- ¿En serio? ¿Es bipolar?
- Bueno, eso nos contó una vez su primo, el Bosco… ¿lo conoces? Salió del colegio hace como dos años.
- Sí, sí. Me acuerdo. Que terrible. ¿Él te dijo que era bipolar?
- Sí. Una vez nos dijo que no le creyéramos todo lo que decía porque era bipolar, y lo estaban tratando, pero cuando se ponía depresivo decía muchas mentiras. Muchas.
- Y tú creías que yo era gay – me reí – Imbécil.
- Perdóname. Pero no es la primera vez que me lo dicen.
Sentí que hablaba en serio. Pero al mirarle los ojos comprendí. Estaba bromeando otra vez.
- A mí una vez me dijeron que te acostaste con el Padre Guzmán.
- Enfermo, es mi tío.
- Peor, te acuestas con tu tío que es un cura. Pervertido.
Nunca fue su tío. Rafa solía mentir de esa manera. Habíamos estado hablando todo el tiempo con la toalla en la cintura. Rafa, de pronto, se me acercó con una leve sonrisa. La discusión se había calmado, y tras unas miradas cómplices, me abrazó.
- Déjame abrazarte.
Al acercarse, sentí su ombligo tocar el mío. No sabía exactamente cómo responder. Me gustaba físicamente, pero habíamos cultivado una relación de amigos heterosexuales, y habiendo tenido la oportunidad de confesárselo hace unos minutos, me obligaba a actuar como si no me gustara. Me paralicé por unos instantes.
- ¿Te puedo dar un beso? – me preguntó al oído.
- ¡Suéltame, homosexual! – le grité empujándolo hacia atrás, fingiendo una cara de asco.
Él se mató de la risa. Le pareció una excelente broma. Le pedí, fingiendo asco todavía, que se fuera de mi pieza, porque no quería desnudarme frente a él. Fue quizás la única vez que ha hecho una broma actuando como homosexual. Me arrepentí tantas veces de no haberle seguido el juego.
sábado, 5 de febrero de 2011
7: Me acabo de dar cuenta. Nunca valiste la pena.
Las cosas de la vida, he aprendido, son exageradamente complejas. El que crea que todo se puede reducir a blanco y negro, buenos y malos, feos y lindos, tiene un serio problema. Lo más probable es que le cueste encontrar la solución a muchos de sus problemas. Y que sea un saltador de barreras, como diría años después una sicóloga en la universidad. De esos que encuentran que la única forma de salir de un problema es, generando otro. Da lo mismo como, con tal que se acabe.
Y es que el ser humano es incapaz de seguir mucho tiempo en una emoción. Incluso después de un funeral, uno se cansa de tanto dolor, y temporalmente, aunque sea por unos minutos, anula el sentimiento. Aunque sea la persona que más amaste en el mundo. Cansa. Y por la salud mental, uno debe descansar.
Por eso es que me parece que es un error el calificar a las personas. La generalización te obliga a encasillarla. Suponer que todos los mentirosos serán siempre mentirosos es una falacia. Tal como que todos los honestos serán siempre honestos. Las casillas simplifican, es más fácil entenderlos, sacar conclusiones, quizá, pero para solucionar las cosas, se debe ver el plano completo.
Es cierto que los seres humanos somos predecibles, pero para predecir se requiere experiencia, y muchas veces las conclusiones que sacamos de determinadas experiencias están erradas. Y dentro de esa complejidad, ese día decidí que no tengo sintonía con Martín.
- No entendí. ¿Me dijiste Pato?
- Sí. Sí sé que eras tú, Mateo.
- ¿Quién?
- El del chat. No te hagas…
Sabía que me había descubierto, que no tenía sentido, si quería hablar con él, seguir mintiendo. De esa forma no llegaría a ninguna parte. Y, habiéndome descubierto, decidió de todas formas venir a juntarse conmigo. Algo debe significarse. Y yo quería preguntarle si le gustaba. A lo menos, podía irme a casa con un beso gay entre mis experiencias.
- Ya… sí sé que sabías que era yo. Lo admito.
- Mentiroso – miró enojado.
- Oye, no te mentí. No era contigo con quién quería hablar, era cualquiera. Y qué sentido tendría decir mi verdadero nombre, si pensaba en hablar con un desconocido.
- No te creo.
- Ay, Martín. No seas paranoico. ¿Cómo iba a saber qué te iba a encontrar a ti ahí?
Traté de reírme, porque la situación no me parecía tan grave. Es verdad, me sentí incómodo, descubierto, pero en vez de seguir con la historia falsa, mejor admitía la verdad y así dejábamos el malentendido de lado.
- No me parece gracioso, Pato… o Mateo. Ya no sé cómo decirte.
- ¿Estás hablando en serio?
Supuse, que lo mejor que podría salir todo es que Martín de un segundo a otro dijera “Ya, si estoy bromeando. Me da lo mismo. Ahora bésame y vamos a mi cama”. Pero tras varios minutos de incómoda discusión, me di cuenta. Martín no me estaba entendiendo.
- Martín… ¿de verdad te enojaste? – mientras no sabía si sonreír o ponerme a la defensiva. Mi cara, evidentemente, reflejaba insegura incomodidad.
- Obvio que sí. ¿Cómo te sentirías tú si yo me pusiera a mentirte por Internet?
- Bueno, igual me mentiste. Y no por Internet, sino que a la cara.
- ¿Yo? ¿Y qué te dije se puede saber?
- Que tenías novio.
- No te mentí.
- Ah ¿lo tienes?
- Sí.
- Bueno, me mentiste por Internet.
- No es lo mismo… lo hice para descubrirte.
Martín realmente estaba muy enojado. Se paró frente a mí y no estaba muy cerca, pero sentí que en cualquier momento me golpeaba. Yo no comprendía qué ocurría. ¿Estaba hablando en serio?
- ¿Descubrirme? ¿Qué cosa? Martín… para. ¿De verdad estamos discutiendo por esto?
- Yo no estoy discutiendo. No puedo creer que creí que éramos amigos. Se supone que los amigos no se mienten.
- Oye, yo no te dije a ti Martín que me llamaba Pato. Se lo dije a “Solitario”. Y no es justo. ¿Qué te pasa?
- Pasa que detesto a la gente falsa.
- ¿Ah?
- La gente falsa como tú. Eres un mentiroso. ¿Cuántas veces más me mentiste? ¿A quién más le has mentido?
- A ti nunca te mentí. No ando por ahí diciéndole a la gente que soy un “solitario” si tengo novio. No soy tan mentiroso. ¿Qué dirá Gustavo?
- Él sabe todo. No le miento. Yo le digo toda la verdad a la gente que me importa. No soy como tú.
Perfecto. Entendí lo que pasaba. Para Martín resultaba que por hacerme pasar por Pato era muy terrible. Prefería que me hubiera puesto como “Caliente”, “Hetero”, “Joven” o “Solitario”, pero Pato era imperdonable. Y Martín era de los que parecían ser incapaces de perdonar.
- Bueno, perdóname Martín. No quise mentirte. Por eso vine a hablar contigo.
Habrá sido mi último intento por arreglar las cosas.
- ¿Quién me asegura que no vas a meterte de nuevo al chat?
- ¿El problema es que me metiera?
- No. El problema es que te metieras a mentir. Te apuesto que tu historia no es real.
De pronto, Martín me pareció mucho menos atractivo que antes. Su cara reflejaba inmadurez. Su cuerpo perfecto, inseguridad. Su único atributo era estético, y ahora comprendía por qué era así. Sentía que tenía que librarse de los mentirosos apenas pareciesen serlo. Que su vida sólo podía ser exitosa en la medida en que fuera trasparente. De alguna forma, veía en blanco y negro.
- Martín, parece que me voy a ir. No entras en razón.
- Si te vas no te hablaré más en mi vida.
- Si no te interesa entenderme, quizás es mejor así.
- Te he tratado de entender… pero me cargan los mentirosos.
- Déjame ver si entiendo. Tú puedes mentirme por Internet, porque intentabas saber si era yo… ¿pretendías que te dijera de pronto “Oh, no soy Pato. Soy Mateo ¡ámame!”? ¿Y que me diera lo mismo tu “mentira” de Gustavo?
- No seas estúpido. Claramente no era eso.
- ¿Y qué? ¿Qué hubiera pasado si no hubiese sido yo? ¿Le habrías mentido al verdadero Pato? ¿Y además tenía que habértelo perdonado?
- No es lo mismo, Mateo. No estás entendiendo.
- No, Martín. Tú no entiendes.
- Me acabo de dar cuenta. Siempre fuiste un mentiroso.
- ¡Por favor!
- En serio.
Tomé mi mochila, lo miré a los ojos y supe que sería la última vez.
- Me acabo de dar cuenta. Nunca valiste la pena.
Al irme no intenté siquiera darme vuelta a mirarlo. Era tan poco racional. Tan cerrado en sus conclusiones de cosas perdonables y cosas imperdonables. Espero que no me toque relacionarme con más gente así.
Y es que el ser humano es incapaz de seguir mucho tiempo en una emoción. Incluso después de un funeral, uno se cansa de tanto dolor, y temporalmente, aunque sea por unos minutos, anula el sentimiento. Aunque sea la persona que más amaste en el mundo. Cansa. Y por la salud mental, uno debe descansar.
Por eso es que me parece que es un error el calificar a las personas. La generalización te obliga a encasillarla. Suponer que todos los mentirosos serán siempre mentirosos es una falacia. Tal como que todos los honestos serán siempre honestos. Las casillas simplifican, es más fácil entenderlos, sacar conclusiones, quizá, pero para solucionar las cosas, se debe ver el plano completo.
Es cierto que los seres humanos somos predecibles, pero para predecir se requiere experiencia, y muchas veces las conclusiones que sacamos de determinadas experiencias están erradas. Y dentro de esa complejidad, ese día decidí que no tengo sintonía con Martín.
- No entendí. ¿Me dijiste Pato?
- Sí. Sí sé que eras tú, Mateo.
- ¿Quién?
- El del chat. No te hagas…
Sabía que me había descubierto, que no tenía sentido, si quería hablar con él, seguir mintiendo. De esa forma no llegaría a ninguna parte. Y, habiéndome descubierto, decidió de todas formas venir a juntarse conmigo. Algo debe significarse. Y yo quería preguntarle si le gustaba. A lo menos, podía irme a casa con un beso gay entre mis experiencias.
- Ya… sí sé que sabías que era yo. Lo admito.
- Mentiroso – miró enojado.
- Oye, no te mentí. No era contigo con quién quería hablar, era cualquiera. Y qué sentido tendría decir mi verdadero nombre, si pensaba en hablar con un desconocido.
- No te creo.
- Ay, Martín. No seas paranoico. ¿Cómo iba a saber qué te iba a encontrar a ti ahí?
Traté de reírme, porque la situación no me parecía tan grave. Es verdad, me sentí incómodo, descubierto, pero en vez de seguir con la historia falsa, mejor admitía la verdad y así dejábamos el malentendido de lado.
- No me parece gracioso, Pato… o Mateo. Ya no sé cómo decirte.
- ¿Estás hablando en serio?
Supuse, que lo mejor que podría salir todo es que Martín de un segundo a otro dijera “Ya, si estoy bromeando. Me da lo mismo. Ahora bésame y vamos a mi cama”. Pero tras varios minutos de incómoda discusión, me di cuenta. Martín no me estaba entendiendo.
- Martín… ¿de verdad te enojaste? – mientras no sabía si sonreír o ponerme a la defensiva. Mi cara, evidentemente, reflejaba insegura incomodidad.
- Obvio que sí. ¿Cómo te sentirías tú si yo me pusiera a mentirte por Internet?
- Bueno, igual me mentiste. Y no por Internet, sino que a la cara.
- ¿Yo? ¿Y qué te dije se puede saber?
- Que tenías novio.
- No te mentí.
- Ah ¿lo tienes?
- Sí.
- Bueno, me mentiste por Internet.
- No es lo mismo… lo hice para descubrirte.
Martín realmente estaba muy enojado. Se paró frente a mí y no estaba muy cerca, pero sentí que en cualquier momento me golpeaba. Yo no comprendía qué ocurría. ¿Estaba hablando en serio?
- ¿Descubrirme? ¿Qué cosa? Martín… para. ¿De verdad estamos discutiendo por esto?
- Yo no estoy discutiendo. No puedo creer que creí que éramos amigos. Se supone que los amigos no se mienten.
- Oye, yo no te dije a ti Martín que me llamaba Pato. Se lo dije a “Solitario”. Y no es justo. ¿Qué te pasa?
- Pasa que detesto a la gente falsa.
- ¿Ah?
- La gente falsa como tú. Eres un mentiroso. ¿Cuántas veces más me mentiste? ¿A quién más le has mentido?
- A ti nunca te mentí. No ando por ahí diciéndole a la gente que soy un “solitario” si tengo novio. No soy tan mentiroso. ¿Qué dirá Gustavo?
- Él sabe todo. No le miento. Yo le digo toda la verdad a la gente que me importa. No soy como tú.
Perfecto. Entendí lo que pasaba. Para Martín resultaba que por hacerme pasar por Pato era muy terrible. Prefería que me hubiera puesto como “Caliente”, “Hetero”, “Joven” o “Solitario”, pero Pato era imperdonable. Y Martín era de los que parecían ser incapaces de perdonar.
- Bueno, perdóname Martín. No quise mentirte. Por eso vine a hablar contigo.
Habrá sido mi último intento por arreglar las cosas.
- ¿Quién me asegura que no vas a meterte de nuevo al chat?
- ¿El problema es que me metiera?
- No. El problema es que te metieras a mentir. Te apuesto que tu historia no es real.
De pronto, Martín me pareció mucho menos atractivo que antes. Su cara reflejaba inmadurez. Su cuerpo perfecto, inseguridad. Su único atributo era estético, y ahora comprendía por qué era así. Sentía que tenía que librarse de los mentirosos apenas pareciesen serlo. Que su vida sólo podía ser exitosa en la medida en que fuera trasparente. De alguna forma, veía en blanco y negro.
- Martín, parece que me voy a ir. No entras en razón.
- Si te vas no te hablaré más en mi vida.
- Si no te interesa entenderme, quizás es mejor así.
- Te he tratado de entender… pero me cargan los mentirosos.
- Déjame ver si entiendo. Tú puedes mentirme por Internet, porque intentabas saber si era yo… ¿pretendías que te dijera de pronto “Oh, no soy Pato. Soy Mateo ¡ámame!”? ¿Y que me diera lo mismo tu “mentira” de Gustavo?
- No seas estúpido. Claramente no era eso.
- ¿Y qué? ¿Qué hubiera pasado si no hubiese sido yo? ¿Le habrías mentido al verdadero Pato? ¿Y además tenía que habértelo perdonado?
- No es lo mismo, Mateo. No estás entendiendo.
- No, Martín. Tú no entiendes.
- Me acabo de dar cuenta. Siempre fuiste un mentiroso.
- ¡Por favor!
- En serio.
Tomé mi mochila, lo miré a los ojos y supe que sería la última vez.
- Me acabo de dar cuenta. Nunca valiste la pena.
Al irme no intenté siquiera darme vuelta a mirarlo. Era tan poco racional. Tan cerrado en sus conclusiones de cosas perdonables y cosas imperdonables. Espero que no me toque relacionarme con más gente así.
martes, 1 de febrero de 2011
6: Oye, ¿y no tienes foto?
Siempre pensé, lo malo de sentirse “confundido” sexualmente, es que como todo en la vida, no viene con manual. Pero lo peor, es que estás solo. No siempre, y no tan exageradamente. Pero te sientes así. Miras a tus amigos, y los ves con problemas más… normales. Sus mayores conflictos son la ropa que elegir, o la bebida que tomar, mientras que para ti, en este caso, es de qué sexo elegir a tu pareja. Y es que, aunque con el tiempo miro estas frases y me doy cuenta de lo inmaduras que suenan, así se siente uno. No basta la confusión, no basta la vergüenza, el asco, la tristeza y el tener que mentirle a los cercanos. No. Hace falta sentirse un poco solo. Y es que nadie te puede comprender realmente. Si no te has sentido solo, es porque no eres tan gay después de todo.
Y esa es la mayor complejidad de la vida. Porque, es raro, es confuso, te sientes mal y crees que decepcionas a todos. Luchas contra esa condición, pero no se puede y no tienes quién te oriente. Por lo menos, me parecía, mis amigos heterosexuales podían contar abiertamente con sus familias. Yo nunca lo dudé, pero esa mentira, el que den por hecho que yo también sea heterosexual, me hacía distanciarme.
Y bueno, Sebastián no había ayudado mucho. Me dejó con problemas para dormir varios días. De sólo recordar esa escena, me ponía nervioso. Sentía como me subía la presión, y hasta que me ponía colorado. No le contesté el teléfono a nadie, y aunque Rafa insistía muy seguido, mi obstinación era mayor. Tampoco me conecté al MSN por muchos días. Sabía que la mirada que me dio después de que Sebastián dijo lo que dijo iba a requerir una conversación seria. Y evitarlo toda esa noche no fue difícil si uno se esconde en un baño.
Sabía que tenía que hablar con alguien por último, por mi sanidad mental. Alguien con quien hablar, aun cuando tienes la depresión más grande de la vida, realmente te ayuda a ordenar las ideas. Si las tienes que decir, las tienes que pensar.
Esperé a que mi padre se fuera, y empecé a conversar con desconocidos en el chat. Me había puesto un nombre común. Pato, recuerdo. Aclaré que no buscaba sexo y que sólo quería conversar un rato. Así como si todo estuviera normal.
Esperé a que mi padre se fuera, y empecé a conversar con desconocidos en el chat. Me había puesto un nombre común. Pato, recuerdo. Aclaré que no buscaba sexo y que sólo quería conversar un rato. Así como si todo estuviera normal.
Me hablaron distinguidos señores, decían que pagarían lo que fuera por mí. Que no importaba si era gordo, feo, peludo o virgen. Les daba lo mismo. También estaban esos – incómodos – homosexuales femeninos. Me trataban como un bebé. Sus nicknames en el MSN tenían florcitas y al reírse mandaban un gif de Mickey Mouse. No tengo nada contra nadie per sé, pero que me gusten los pectorales masculinos ya me hacía sentir poco hombre.
Encontré también a un par de muchachos confundidos que me hacían sentir muy inteligente. Es que, Einstein sabía muy bien que la estupidez humana está por todas partes, y aquellos confundidos que pretendían vivir como si nada, con pequeñas escapadas homosexuales, estaban diseñando su propio infierno.
¿Por qué, Dios mío, cuesta tanto encontrar gente con la que sintonizar? Ni siquiera pido que sea mi alma gemela, sólo que tenga un poco de racionalidad. O por lo menos que disimule bien sus falencias.
Pensando otra vez, que otra jornada en el chat fue tiempo totalmente perdido, porque ni siquiera dijeron cosas eróticas como para inspirarme en mi pieza en la noche, estaba a punto de irme, cuando me habló un Solitario. Me preguntó de qué quería hablar. ¿Penas de amor?
- No sé realmente. No me da pena. Y aunque hay amor, está atrapado en un difícil contexto.
- No sé realmente. No me da pena. Y aunque hay amor, está atrapado en un difícil contexto.
- ¿Cuál? Peor que el mío no puede ser.
Pensé que era un depresivo, y aunque me sienta muy mal, no me gusta esa gente, porque no es capaz de sonreír diariamente, algo que – quizás por costumbre – siempre he hecho.
- ¿Por qué? ¿Qué te pasó a ti?
- Le dije a un amigo que me gustaba que tenía novio y no supe más de él
- ¿Y eso te da pena por…?
- Es mentira. Y me gustaba él. Bueno, todavía.
- ¿Y eso te da pena por…?
- Es mentira. Y me gustaba él. Bueno, todavía.
- ¿Por qué no le dices? La gente puede cambiar, perdonar, arrepentirse.
- ¿Y tú, por qué no le dices a tu amor lo que sea que no te de pena? También puede arrepentirse.
- Jajajaja. ¿De qué? ¿De decirle a todo el mundo que estaba enamorado de mí?
- ¿Eso te pasó?
- Sí. Algo así.
Algo en su forma de escribir me parecía muy conocido. Tenía la manía de marcar los tildes, poner una coma y un “jaja”. Era como “¿eso te pasó, jaja?”.
No recordaba a quién me sonaba, pero sospeché que ya me iba a tener agregado a mi MSN y para no sonar patético dando explicaciones de mi nombre o de “por qué ya no me conecté más”, me inventé uno nuevo en dos segundos. Le pedí que me agregara porque me iba a ir del chat y que, bueno, tenía ganas de seguir conversando con él.
Así que fingí llamarme Patricio por un momento, y esperé a que apareciera en mi lista. Me acaba de acordar quién hablaba así.
“Martín dice: Hola”.
“Martín dice: Hola”.
Habíamos dejado de hablar como por un mes y algo más. Lo último que me dijo fue que su novio se llamaba Gustavo.
- ¿Así que no tienes novio?
No sabía qué pensar o sentir. Me dio la oportunidad de saber una verdad, y aunque quizás ya no me importara mucho él, mi ego estaba siendo sumamente manoseado en esa conversación. Y ya le había mentido. Pero no precisamente a él, les mentí a todos y a ninguno a la vez, al hacerme pasar por Pato.
Me contó toda la historia. Y yo también después le conté la mía. Dijo que le parecí muy lindo. Que le gustaba mi sentido del humor. Que tenía unos ojos preciosos, que le parecía muy tierno que le mirara el cuerpo cuando creía que él no me estaba mirando, que me avergonzara de mis abdominales no marcados y que siempre lo hubiera respetado por sobre todas las cosas. Le parecía que era un tipo muy admirable, inteligente y respetuoso.
Cuando me lo decía, me daba cuenta de todas las oportunidades que había tenido para decirme que no estaba pololeando. Y aunque siempre pensé que podía sentir cosas por él, no me había llegado realmente a tocar el corazón. No me sentí ni traicionado, ni mentido, ni engañado, ni nada. Simplemente, pensé que era un malentendido.
- Da lo mismo, jaja. No te preocupes – le dije.
- ¿Por qué dijiste eso?
Pensé, por un segundo, que si le decía que era Mateo en realidad, iba a arreglarse todo. Pero habían tantas confusiones y medias verdades últimamente, que preferí perder esta oportunidad. Seguí con la mentira.
- Oye, ¿y no tienes foto?
Cresta. Debía preparar una mejor mentira. ¿De dónde sacaba un Pato ahora, por último para acabar con esta conversación?
- Ajaja. ¿Y para qué quieres una foto mía? 1313.
- Para conocer al que me hace olvidar a Mateo, pues.
Doble cresta. Se desenamoró de mí para enamorarse de mi otro mí.
Cerré sesión. Dejé de hablarle por mucho tiempo, y me di cuenta que tenía que sí o sí conversar con él. Sabiendo la plaza que quedaba cerca de su casa, decidí pasar esa misma tarde a ver si lo encontraba. Sabía que si era urgente, me atendería. Habíamos sido amigos que tenían mucha conexión entre sí como para que me haga la desconocida.
Como eran cerca de las 9 de la noche y no aparecía, decidí llamarlo. Le pregunté si estaba por ahí, si estaba disponible y si tenía ganas de conversar un poco conmigo.
A los 10 minutos apareció. Su ropa, de nuevo muy ajustada me hizo recordar lo que me hacía sentir. Es que, no siempre tienes la oportunidad de conversar con gente linda. Y además de su precioso cuerpo, él era muy inteligente. Y después de la confesión de esa tarde, me parecía que lo mínimo que debía suceder, era sentirme atractivo para él.
Y eso sí que demoró. Me arreglé la incipiente barba, me probé varios peinados, había incluso intentado distintas combinaciones de ropa y perfume. Supuse, que esta vez podría lograr algo más físico.
Se acercó sonriendo.
- Buena, Pato. ¿Cómo estás?
O se confunde mucho con los nombres, estaba pensando en él, o simplemente descubrió la mentira. Como haya sido, me descolocó.
lunes, 10 de enero de 2011
5: No, yo te amaba en serio, maricón.
Los veranos tienen muchas cosas entretenidas, pero a mí no me gustaban tanto. Es que de cumpleaños a mitad de Febrero, cuando todos mis amigos están de vacaciones o si no yo siendo el que no está disponible, me acostumbré a que la torta sólo la cantaran mis familiares más cercanos, y a veces, algún par de amigos.
Sospechando que esta vez no sería la excepción, porque Martín me hablaba una vez al mes quizá, y mis amigos ya se habían ido a alguna parte. Yo me quedé en la ciudad, y con Alan decidimos ir a un concierto.
La música era algo que me hacía muy feliz. Desde que aprendí a tocar la batería, decidí que mi pasión secreta sería tocar música. Luego vino la guitarra, después el piano. Y después empecé a componer. Mis canciones eran un asco, pero me ayudaban a pasar tiempo solo en mi pieza sin que mis padres pensaran que era un antisocial. Escribía incoherencias como que “serías la mujer para mí, si él no fuera un desliz”. Pero me gustaban.
El concierto empezaba bien temprano. La idea es que todo el día hubieran bandas de Rock en el escenario y se turnaran para entretener a una audiencia que no estaba muy sobria ni que tampoco intentaba estarlo. Yo, como no bebía mucho pensé que sería un buen momento para disfrutar del sol, el sudor, los saltos y gritos desafinados.
Estaba en eso, cuando frente a mí pasa Leonor. No la veía hace mucho tiempo y realmente la vi deslumbrante. Sus curvas no sólo concentraron mi atención, sino que también la de varios del sector. E incluso mi hermano me preguntó si la conocía cuando ella venía hacia mí sonriendo.
Luego de saludarnos, conversar y preguntarnos por qué ha sido de nuestras vidas, me invitó a conocer a sus amigos. Estaba con muchos hombres, todos bien guapos. Las camisas apretadas, los zapatos de colores y los tonos de voz de algunos me hicieron sospechar que eran gays, así que le pregunté al oído a Leonor. Ella sólo se reía y me preguntaba cuál me gustaba.
Avanzaba la noche, y veía como Leonor tomaba y fumaba. Yo, para no desentonar, también la seguí fingiendo que sabía lo que hacía. Uno de ellos me retó por haber dejado mojado su cigarro y yo sólo me reí culpando a otro.
Empezó una canción lenta, y todos bailaban. Mi hermano con su novia se besaban y supe que no le importaría lo que estuviera haciendo, así que tomé a Leonor y le pedí que bailara conmigo. Ella no sólo accedió sino que su entusiasmo creció, y pasados los minutos me besó. Dios mío. Quizás el alcohol la forzó, pero mientras lo hacía intenté detenerla y ella no quiso. Fue un raro beso, porque sólo me dediqué a abrir la boca. Ella hacía todo. Tomó mi cabeza, mordió mis labios. Ella fue la que provocó todo esto.
No sabía por qué pasó eso, y realmente sentí la necesidad de hablarlo con alguien.
Ignacio era un tipo buena onda. Te podías reír con él. Era medio desordenado, algo irresponsable pero parecía buen amigo. Al menos para mí, porque me había acompañado a mil lugares, habíamos hecho mil cosas y yo lo había acompañado también a él, durante mucho tiempo.
Estando sólo él en Santiago, pensé que no sería un error contarle de lo que ocurrió. Esperaba, por supuesto que fuera capaz de entenderme y guardar el secreto tras esto.
Evidentemente, me equivoqué. Días después de que lo conversé con él, me doy cuenta que Sebastián lo sabe. Ignacio me había dicho que ellos estaban intentando empezar un pololeo, Sebastián y Leonor, y que lo mejor era alejarme. Así que cuando traté de saludar a Sebastián, lo noté distante supe qué había sucedido.
Me dice que soy un traidor, que merezco morir. Que no quiere hablar conmigo. Yo intento negar las cosas, porque realmente no tenía excusas. No sabía que intentaban estar juntos, y además no fui yo el que provocó las cosas. Las malditas confusiones.
Decidí que no había caso seguir intentando convencerlo sólo, así que hablé con Leonor. Ella enfurecida, parecía culparme a mí de lo ocurrido. ¿Por qué siguen pasándome cosas de las que no tengo la culpa? Sebastián era un gran amigo, lo quería en serio. Era muy tímido y se cohibía fácilmente, pero esta vez no era mi culpa, Ignacio era el traidor y Leonor quería jugar un juego al que no me iba a meter. Me decía que no tenía por qué haberle contado, que ella se equivocó y realmente amaba a Sebastián, que lo que hizo fue culpa de la marihuana.
Cuando una vez me conecté al MSN y noté que nadie me hablaba, supe que era por esto. Pensaban que era un traidor y todos comentaban entre sí los entretelones. Hasta Rafa me dijo que esas cosas no se hacían y que me había pasado de la raya. Al explicarle más detalles, entendió y me pidió que dijera la verdad, y aunque Leonor me gustaba un poco, si ella había decidido intentar estar con Sebastián debía desaparecer y no seguir torturándolo, y menos rompiendo nuestra relación de amistad.
Sebastián cumplía años una semana antes que yo, y fue en ese momento cuando decidí ir a aclararlo todo. Era la única forma de tenerlos a los dos juntos y deseaba realmente hablarlo y solucionarlo porque ya empezaba a dolerme. Qué injusticia más grande, por el amor de Dios.
A la entrada de su gran casa amarilla, tenían un pequeño jardín ambientado con luces blancas. Es ahí donde encontré a Leonor conversando con unas amigas. Lo raro era que Sebastián me odiaba a mí y parecía haber perdonado por completo a Leonor. Me acerqué y le pregunté si podíamos conversar. Antes de eso, por internet, lo último que me había dicho era “imbécil”.
Estuvimos cerca de veinte minutos conversando acerca de qué es lo que pretendía yo hacer ahí y cuál es la historia que contaría. Ella empezó muy agresiva, pero finalmente accedió a que le pidamos perdón los dos por el suceso y que se explicara como una estupidez sin sentido producto de las drogas y el alcohol. Pero qué tontera, si ellos ni siquiera estaban de novios a ese entonces.
En eso, escucho un ruido y una luz que se apaga desde una pieza superior. Para Leonor, que era novata en la casa de Sebastián, no significó nada, pero yo sabía que esa era su habitación. Saludé a todos y avanzo a conversar con él. En el intertanto mis compañeros, que más bien parecían mis ex amigos, porque hablaban todo el día y pestes de mí, como después me confesaron algunos, me saludaban con cautela. Parecía que no querían que estuviera allí y menos les gustaba el hecho de que subiera rápido donde Sebastián. Había mucha gente, un par estaba conversando, otros tomaban por allí y las mujeres, por supuesto, estaban bailando. Entre ellos vi a Rafa.
Él se acercó para preguntarme cómo estaba. Si realmente quería hablar esa noche con él. Le expliqué que traté de llamarlo y encontrarlo tantas veces, que esta sería la última vez que gasto mis esfuerzos en este entuerto surrealista. Me dio mucha suerte y me dijo que estaría ahí para lo que necesite.
Abrí la puerta de su pieza sin tocar, porque sospechaba que estaría por ahí y lo encontré sentado en un rincón. Era cerca de la medianoche y sabía que podría haber tomado mucho. A su lado tenía una botella de vidrio de algo que me imaginé era fuerte, y había un par de cigarros por ahí. Olía asqueroso. Parecía que había estado mucho tiempo pudriéndose ahí mismo.
- ¿Sebastián?
Me acerqué sigilosamente, para no despertar su ira de ebrio y porque no estaba tan seguro que fuera él. Es que en la noche mi visión es horrible y no estaba con anteojos. Miró hacia arriba y vi que había estado llorando. Quizás demasiado porque sus ojos estaban muy rojos y el cuello de su playera se veía mojado.
Al dirigirme a tocarlo, para que me mirara, levantó la cabeza. Lloraba y empezó a gemir. Decía que era un desgraciado, que me había visto hace un rato con Leonor y que tenía que dejar de traicionarlo.
Es obvio que no iba a entrar en razón, así que asumí esa culpa y le dije que Leonor tenía que hablar con él. Me dijo que no era ella la que le importaba, que se podía morir Leonor y a él le daría lo mismo. El problema era yo.
- ¿Yo? Todo el tiempo te he dicho que a mí no me gusta ella, y que no hice nada.
- Sí hiciste… maricón.
- ¡Pero si ni siquiera ustedes están juntos!
- Me cagaste…
- ¡¿Por qué, hueón?! ¿Qué cresta fue lo que yo hice?
- Éramos amigos…
El cada vez tenía más ganas de llorar y yo cada vez tenía más ganas de pegarle.
- Yo te amaba… -me dijo.
- Yo también te amo – pensé en el amor de amigos que empezaba a ser común de decir – pero no te
entiendo.
- No, yo te amaba en serio, maricón.
- Estás siendo muy irracional, Sebastián. Mejor me voy.
- ¡Te amaba, maricón! – me gritó al tiempo que lanzó la botella contra la pared. Él se levanta diciéndome que espere, que no me puedo ir. ¿Qué cresta es lo que consumen estas personas por estos días? Se puso, sin razón, inesperadamente agresivo, y yo al intentar salir, veo que toma una lámpara. De esas muy bonitas que parecen estar de pie. Seguía gritando lo que me parecía incomprensible.
- ¡Yo de verdad te amaba, imbécil! ¡Y la cagaste por una mina!
Era un buen momento para cerrar la puerta tras él, y cuando estaba a punto de abrirla, cae sobre la lámpara que tenía un hermoso detalle en cristal. El ruido llama a todos los cercanos a entrar y ven lo que yo vi. Sebastián borracho, tirado sobre una lámpara rota, con la boca ensangrentada y gritando que me amaba. Rafa que estaba cerca entró y con unos muchachos más, lo levantan y lo intentan controlar para llevar al baño. Las personas que quedaban sólo me miraban a mí, que no sabía qué cara poner.
- ¡Yo amaba a ese maricón, y terminó cagándome! – parecía intentar pegar golpes a todas partes, pero regurgitaba saliva con sangre que alcanzó mi camiseta y nadie sabía qué sucedía.
Van saliendo y yo realmente no sé a quién mirar o qué decirle. Del fondo veo a Leonor paralizada. Para todo el resto, era un espectáculo muy interesante. Sebastián, lloró lo que terminó por aclarar lo que sospechaba.
- Yo estaba enamorado, Rafa… en verdad lo amaba.
viernes, 7 de enero de 2011
4: Lo veo en tus ojos.
Fue la cuarta o quinta vez que me metía. No sabía de activos, pasivos ni modernos o versátiles. Tampoco había medido mi pene. Ni siquiera sabía qué era lo que buscaba, pero me metí. Las veces anteriores había hablado con gente de otros países. Les había dicho que tenía 30 años. Esta vez, realmente quería decir la verdad. No sé, cada día rompía una nueva barrera.
Habían pasado unas semanas, y sentía que de a poco me estaba aislando. Desde que Matilde, la del mechón verde me confesó que tenía 13 años, que era hija del tío Roberto pero no de la tía Alicia, me tranquilicé un poco. Sólo tuve que aguantar las bromas de mis hermanos. Fuera de todo, mi familia toma muy pocas cosas en serio, y los momentos de sinceridad, desde hace un par de años habían empezado a disminuir. Mis hermanos, cada día más grandes, empezaban a notar que hablando en serio con mi padre no se llegaba a ningún lado, y que la tolerancia no era de sus fuertes, por lo que los diálogos y las negociaciones se hacían a través de mi madre, que, sinceramente, más que madre terminó pareciendo una nana. O una esclava, para decirlo más fuerte, de mi padre. Lo único que hacía era preocuparse de Pía.
Como decía, todos se empezaron a burlar, y parecía que a mi padre le agradaba recordar el hecho de que besé a una mujer, o niña – aunque haya sido mi media prima – y cada vez que podía lanzaba una frase relacionada al hecho. Quizás para olvidarse del virus ese que estuvo en el computador.
Lo extraño es que, desde ese momento, mi papá no me hablaba directamente si es que no había nadie cerca. Una mañana entró a mi pieza a ver si seguía durmiendo, y sólo se limitó a un “Ah”, cuando descubrió que estaba despierto.
Tenía la necesidad de conversar con alguien, y como evidentemente no podía confesarle esto a un conocido, recurrí al Chat.
Es como una tortura para un adolescente confuso. Allá la gente actúa con excesiva honestidad. Preguntan por penes, piden orgías y se intercambian correos para masturbarse por webcam, pero a la vez, nadie lo hace sinceramente. A nadie le gusta estar en un chat y es algo que tuve que saber después de haberme metido.
La primera premisa fue saber que no muchos decían la verdad. Quizás ninguno ese día, porque cuando dije que no buscaba sexo uno especialmente, Martín se sobresaltó. Me dijo que si no era eso, era una mamada. O un beso, si era muy tímido. Le pregunté por qué todo tenía que ser físico, precisamente, en el espacio menos físico de todos, como la virtualidad, y me dijo que es muy raro encontrar a alguien que no busque sexo, o que diga la verdad. Pensé que era un buen espacio para el anonimato.
Me había tomado sólo un par de minutos inventar un correo electrónico nuevo, y al iniciar las conversaciones por MSN, él me había pedido una fotografía. Dios, realmente estaba nervioso. Era una estupidez, pero al no ser el primer Martín que conocía, pensé que tal vez era un compañero del Colegio. O peor, otro primo perdido.
Le puse una del año nuevo, en la que sólo se podía ver mi cara detrás de la gran espalda de Alan. Los gorros y la serpentina podían confundirlo, y estaba asustado de que me conociera. Nunca esperé una respuesta como la que me dijo.
- Eres lindo.
Avanzada la conversación, volvió a repetirlo, y dudaba de lo que pensaba. La timidez, curiosamente, aumentaba por internet. Tal vez porque tenía que luchar con la imagen mental que se haría de mí. Si lo viera por la calle, no me importaría saludarlo. Pero permitirle verme por webcam, como me lo estaba pidiendo era demasiado para mí.
Me dijo que no me preocupara, que sólo quería comprobar el color de mis ojos. Le parecían genuinamente oscuros.
Al rato, persistió en la idea de las webcams, y me dijo “Si quieres te muestro yo primero para que no veas que soy un acosador”. Su foto lo mostraba muy lindo, y la conversación había sido tan natural, que le creí. Nos vimos por webcam no sin antes yo irme a lavar la cara, peinar un poco, y arreglar la luz lo mejor que pude para verme presentable. No es que sea muy feo, pero no era tan deportista como él, y sus pectorales perfectos intimidan.
Su sonrisa era muy linda. Le dije que me parecía un gran chico. Tenía 17, un año más que yo en ese entonces, y me preguntó si se me habían quitado los nervios.
- ¿Qué nervios?
- No me mientas. Te vi muy nervioso – se río.
- ¿Por qué? – le pregunté realmente intentando disimularlo.
Durante años, me había mirado al espejo para la mayoría de mis expresiones faciales, y sentía que tenía el don de poder controlarlas.
- Tus ojos. Tus ojos no pueden mentir. ¿Es la primera vez que miras a alguien por webcam?
- No, claro que no.
Supo que mentía. Me dijo que mis ojos eran capaces de decirle todo sobre mí. Que no era tímido pero que estaba asustado, que no me sentía seguro por internet. Que quizás había algo de tristeza dentro de mí, pero que tenía esperanza de conocer a alguien lindo. Que tenía mucho que decir, pero nadie me escuchaba. Que me sentía solo y que de pronto eso dolía.
Claro, si es la cuarta o quinta vez que me meto a un chat gay obvio que estaré nervioso. Y todos los demás que se meten al chat a veces se sentían mal, o solos, pero tenían la esperanza de conocer a alguien lindo. Es obvio. Pero yo no lo sabía, realmente pensé que estaba leyendo mis ojos y sentí unas ganas de abrazarlo incontenibles.
Tal vez sí podía leer los ojos. Le pregunté si ellos le decían que pensaba yo de él.
- ¿Y? ¿Qué te dicen mis ojos de ti?
- Mírame. Enfoca tu vista en mis ojos y trataré de descifrarlo.
Acerqué mi cara a la cámara suponiendo que él me miraba, y mis ojos se encontraron con los de él. Sonreí inocentemente. Tal vez por nervios.
- Te gusto.
- ¿Estás loco? – me reí, pero intentando mandarle un mensaje, así como “¿Y yo? ¿Yo te gusto?”
- Bueno, gustar gustar no sé. Pero hasta ahora todo va bien. Te gusta hablar conmigo, al menos.
- ¿Cómo lo sabes? – lo dije con una sonrisa que sobresalía de mi cara.
- Lo veo en tus ojos.
Está decidido. Teníamos el mismo gusto musical, era sensible y me había ayudado desahogándome por los sucesos anteriores. Me da lo mismo que tenga más músculos que yo, o que sus ojos sean muy verdes. Era un tipo muy lindo y no podía rechazarle su invitación.
Tras dos semanas de conversación por MSN, webcam, SMS y teléfono incluso, nos íbamos a juntar.
Nunca le había dicho que me gustaba. Y él también fue muy cuidadoso en no comprometerse a nada. Pero habíamos logrado crear un ambiente en el que nos tratábamos con exquisito cariño y donde nos jurábamos amistad eterna. Era como si a las dos horas de conversar ya hubiéramos conseguido conocernos por entero el uno al otro.
Tras dos semanas de conversación por MSN, webcam, SMS y teléfono incluso, nos íbamos a juntar.
Nunca le había dicho que me gustaba. Y él también fue muy cuidadoso en no comprometerse a nada. Pero habíamos logrado crear un ambiente en el que nos tratábamos con exquisito cariño y donde nos jurábamos amistad eterna. Era como si a las dos horas de conversar ya hubiéramos conseguido conocernos por entero el uno al otro.
Martín me iba a esperar cerca de una bomba de bencina. Antes de salir ya había visto la ropa con la que iba a ir y la invitación era conversar en una plaza. Con 16 años era lo más espectacular.
Nunca antes había hablado con un homosexual abiertamente. Me preguntó cómo me gustaban los hombres, y yo seguía luchando contra esa idea. Cada noche, antes de acostarme me aseguraba que no me gustaban. Decía que las mujeres eran más lindas. Que los hombres eran sucios. Que era una fase, se me iba a pasar y que tenía que concentrarme en estudiar.
Pero es que desde hacía, a lo menos 5 años todos los días, todas las noches, lo único que pensaba era lo mucho que me disgustaba sentirme gay. Al final, pensé que era en ese momento o nunca. Y si era nunca, realmente me iba a arrepentir para siempre.
Así que una cuadra antes de llegar, ya lo vi. Estaba de espaldas. Parecía un poco más alto que yo y definitivamente estaba nervioso. De un segundo a otro se da vuelta. Y yo no estaba preparado, porque hacía una especie de ejercicio de relajación y el gritó “¡Mateo!”.
Me sorprendí con su voz. Me sorprendí con su estatura. Pero sobre todo me sorprendí con sus músculos. La blanca polera que tenía era tan apretada, que lo marcaba perfectamente. Dios mío. Jamás me había dolido ver algo tan sublime. Me avergoncé tanto que intenté hundir la barriga y taparme el pecho. No estaba gordo, pero cualquier cosa al lado de él era imperfecta. Horrible, quizás.
Al segundo de saludarme, me invita a un asiento. Me pregunta si tengo mucho calor. Y aunque eran casi las 8 de la noche, el verano se dejaba sentir con todo y mis hormonas no ayudaban. Le dije que no, pero se río cuando me vio sudando. Me pidió que me tranquilizara. Que para él también era algo nuevo. Al poco rato se me quitó la timidez. Me hacía sentir tan tranquilo. Sentí en ese momento que podíamos estar para siempre sentados ahí y jamás me aburriría.
Yo no era muy chistoso, pero a su modo de ver, sí. Le parecía tierno e incluso en persona, no podía creer el color de mis ojos.
Tras realmente una hora de conversación, me pregunta por Sebastián y Leonor. Le digo que no sé nada de ellos.
- Ah, entonces, ¿no estás pololeando?
- Nop. Para nada. ¿Quién quisiera pololear conmigo? – me reí. Nunca me sentí la gran cosa, y si lo dije no fue para coquetearle. No esperaba su respuesta.
- Yo, pues. Obvio que sí – me dijo -. Si es que no estuviera pololeando ya.
¿Qué? Ésa sí que era una respuesta inesperada.
- ¿Estás pololeando?
- Sí. ¿No te había contado?
No, no me habías contado. Gracias por decirme. Me había hasta depilado las axilas. Qué patético.
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