Fue la cuarta o quinta vez que me metía. No sabía de activos, pasivos ni modernos o versátiles. Tampoco había medido mi pene. Ni siquiera sabía qué era lo que buscaba, pero me metí. Las veces anteriores había hablado con gente de otros países. Les había dicho que tenía 30 años. Esta vez, realmente quería decir la verdad. No sé, cada día rompía una nueva barrera.
Habían pasado unas semanas, y sentía que de a poco me estaba aislando. Desde que Matilde, la del mechón verde me confesó que tenía 13 años, que era hija del tío Roberto pero no de la tía Alicia, me tranquilicé un poco. Sólo tuve que aguantar las bromas de mis hermanos. Fuera de todo, mi familia toma muy pocas cosas en serio, y los momentos de sinceridad, desde hace un par de años habían empezado a disminuir. Mis hermanos, cada día más grandes, empezaban a notar que hablando en serio con mi padre no se llegaba a ningún lado, y que la tolerancia no era de sus fuertes, por lo que los diálogos y las negociaciones se hacían a través de mi madre, que, sinceramente, más que madre terminó pareciendo una nana. O una esclava, para decirlo más fuerte, de mi padre. Lo único que hacía era preocuparse de Pía.
Como decía, todos se empezaron a burlar, y parecía que a mi padre le agradaba recordar el hecho de que besé a una mujer, o niña – aunque haya sido mi media prima – y cada vez que podía lanzaba una frase relacionada al hecho. Quizás para olvidarse del virus ese que estuvo en el computador.
Lo extraño es que, desde ese momento, mi papá no me hablaba directamente si es que no había nadie cerca. Una mañana entró a mi pieza a ver si seguía durmiendo, y sólo se limitó a un “Ah”, cuando descubrió que estaba despierto.
Tenía la necesidad de conversar con alguien, y como evidentemente no podía confesarle esto a un conocido, recurrí al Chat.
Es como una tortura para un adolescente confuso. Allá la gente actúa con excesiva honestidad. Preguntan por penes, piden orgías y se intercambian correos para masturbarse por webcam, pero a la vez, nadie lo hace sinceramente. A nadie le gusta estar en un chat y es algo que tuve que saber después de haberme metido.
La primera premisa fue saber que no muchos decían la verdad. Quizás ninguno ese día, porque cuando dije que no buscaba sexo uno especialmente, Martín se sobresaltó. Me dijo que si no era eso, era una mamada. O un beso, si era muy tímido. Le pregunté por qué todo tenía que ser físico, precisamente, en el espacio menos físico de todos, como la virtualidad, y me dijo que es muy raro encontrar a alguien que no busque sexo, o que diga la verdad. Pensé que era un buen espacio para el anonimato.
Me había tomado sólo un par de minutos inventar un correo electrónico nuevo, y al iniciar las conversaciones por MSN, él me había pedido una fotografía. Dios, realmente estaba nervioso. Era una estupidez, pero al no ser el primer Martín que conocía, pensé que tal vez era un compañero del Colegio. O peor, otro primo perdido.
Le puse una del año nuevo, en la que sólo se podía ver mi cara detrás de la gran espalda de Alan. Los gorros y la serpentina podían confundirlo, y estaba asustado de que me conociera. Nunca esperé una respuesta como la que me dijo.
- Eres lindo.
Avanzada la conversación, volvió a repetirlo, y dudaba de lo que pensaba. La timidez, curiosamente, aumentaba por internet. Tal vez porque tenía que luchar con la imagen mental que se haría de mí. Si lo viera por la calle, no me importaría saludarlo. Pero permitirle verme por webcam, como me lo estaba pidiendo era demasiado para mí.
Me dijo que no me preocupara, que sólo quería comprobar el color de mis ojos. Le parecían genuinamente oscuros.
Al rato, persistió en la idea de las webcams, y me dijo “Si quieres te muestro yo primero para que no veas que soy un acosador”. Su foto lo mostraba muy lindo, y la conversación había sido tan natural, que le creí. Nos vimos por webcam no sin antes yo irme a lavar la cara, peinar un poco, y arreglar la luz lo mejor que pude para verme presentable. No es que sea muy feo, pero no era tan deportista como él, y sus pectorales perfectos intimidan.
Su sonrisa era muy linda. Le dije que me parecía un gran chico. Tenía 17, un año más que yo en ese entonces, y me preguntó si se me habían quitado los nervios.
- ¿Qué nervios?
- No me mientas. Te vi muy nervioso – se río.
- ¿Por qué? – le pregunté realmente intentando disimularlo.
Durante años, me había mirado al espejo para la mayoría de mis expresiones faciales, y sentía que tenía el don de poder controlarlas.
- Tus ojos. Tus ojos no pueden mentir. ¿Es la primera vez que miras a alguien por webcam?
- No, claro que no.
Supo que mentía. Me dijo que mis ojos eran capaces de decirle todo sobre mí. Que no era tímido pero que estaba asustado, que no me sentía seguro por internet. Que quizás había algo de tristeza dentro de mí, pero que tenía esperanza de conocer a alguien lindo. Que tenía mucho que decir, pero nadie me escuchaba. Que me sentía solo y que de pronto eso dolía.
Claro, si es la cuarta o quinta vez que me meto a un chat gay obvio que estaré nervioso. Y todos los demás que se meten al chat a veces se sentían mal, o solos, pero tenían la esperanza de conocer a alguien lindo. Es obvio. Pero yo no lo sabía, realmente pensé que estaba leyendo mis ojos y sentí unas ganas de abrazarlo incontenibles.
Tal vez sí podía leer los ojos. Le pregunté si ellos le decían que pensaba yo de él.
- ¿Y? ¿Qué te dicen mis ojos de ti?
- Mírame. Enfoca tu vista en mis ojos y trataré de descifrarlo.
Acerqué mi cara a la cámara suponiendo que él me miraba, y mis ojos se encontraron con los de él. Sonreí inocentemente. Tal vez por nervios.
- Te gusto.
- ¿Estás loco? – me reí, pero intentando mandarle un mensaje, así como “¿Y yo? ¿Yo te gusto?”
- Bueno, gustar gustar no sé. Pero hasta ahora todo va bien. Te gusta hablar conmigo, al menos.
- ¿Cómo lo sabes? – lo dije con una sonrisa que sobresalía de mi cara.
- Lo veo en tus ojos.
Está decidido. Teníamos el mismo gusto musical, era sensible y me había ayudado desahogándome por los sucesos anteriores. Me da lo mismo que tenga más músculos que yo, o que sus ojos sean muy verdes. Era un tipo muy lindo y no podía rechazarle su invitación.
Tras dos semanas de conversación por MSN, webcam, SMS y teléfono incluso, nos íbamos a juntar.
Nunca le había dicho que me gustaba. Y él también fue muy cuidadoso en no comprometerse a nada. Pero habíamos logrado crear un ambiente en el que nos tratábamos con exquisito cariño y donde nos jurábamos amistad eterna. Era como si a las dos horas de conversar ya hubiéramos conseguido conocernos por entero el uno al otro.
Tras dos semanas de conversación por MSN, webcam, SMS y teléfono incluso, nos íbamos a juntar.
Nunca le había dicho que me gustaba. Y él también fue muy cuidadoso en no comprometerse a nada. Pero habíamos logrado crear un ambiente en el que nos tratábamos con exquisito cariño y donde nos jurábamos amistad eterna. Era como si a las dos horas de conversar ya hubiéramos conseguido conocernos por entero el uno al otro.
Martín me iba a esperar cerca de una bomba de bencina. Antes de salir ya había visto la ropa con la que iba a ir y la invitación era conversar en una plaza. Con 16 años era lo más espectacular.
Nunca antes había hablado con un homosexual abiertamente. Me preguntó cómo me gustaban los hombres, y yo seguía luchando contra esa idea. Cada noche, antes de acostarme me aseguraba que no me gustaban. Decía que las mujeres eran más lindas. Que los hombres eran sucios. Que era una fase, se me iba a pasar y que tenía que concentrarme en estudiar.
Pero es que desde hacía, a lo menos 5 años todos los días, todas las noches, lo único que pensaba era lo mucho que me disgustaba sentirme gay. Al final, pensé que era en ese momento o nunca. Y si era nunca, realmente me iba a arrepentir para siempre.
Así que una cuadra antes de llegar, ya lo vi. Estaba de espaldas. Parecía un poco más alto que yo y definitivamente estaba nervioso. De un segundo a otro se da vuelta. Y yo no estaba preparado, porque hacía una especie de ejercicio de relajación y el gritó “¡Mateo!”.
Me sorprendí con su voz. Me sorprendí con su estatura. Pero sobre todo me sorprendí con sus músculos. La blanca polera que tenía era tan apretada, que lo marcaba perfectamente. Dios mío. Jamás me había dolido ver algo tan sublime. Me avergoncé tanto que intenté hundir la barriga y taparme el pecho. No estaba gordo, pero cualquier cosa al lado de él era imperfecta. Horrible, quizás.
Al segundo de saludarme, me invita a un asiento. Me pregunta si tengo mucho calor. Y aunque eran casi las 8 de la noche, el verano se dejaba sentir con todo y mis hormonas no ayudaban. Le dije que no, pero se río cuando me vio sudando. Me pidió que me tranquilizara. Que para él también era algo nuevo. Al poco rato se me quitó la timidez. Me hacía sentir tan tranquilo. Sentí en ese momento que podíamos estar para siempre sentados ahí y jamás me aburriría.
Yo no era muy chistoso, pero a su modo de ver, sí. Le parecía tierno e incluso en persona, no podía creer el color de mis ojos.
Tras realmente una hora de conversación, me pregunta por Sebastián y Leonor. Le digo que no sé nada de ellos.
- Ah, entonces, ¿no estás pololeando?
- Nop. Para nada. ¿Quién quisiera pololear conmigo? – me reí. Nunca me sentí la gran cosa, y si lo dije no fue para coquetearle. No esperaba su respuesta.
- Yo, pues. Obvio que sí – me dijo -. Si es que no estuviera pololeando ya.
¿Qué? Ésa sí que era una respuesta inesperada.
- ¿Estás pololeando?
- Sí. ¿No te había contado?
No, no me habías contado. Gracias por decirme. Me había hasta depilado las axilas. Qué patético.
te mejorai cada dia wn hehe
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