viernes, 31 de diciembre de 2010

2: Hijo, ellos hacen cosas asquerosas.

Lo que realmente me daba mucha risa, era mi amigo Rafa. Es que si ustedes lo conocieran, no aguantarían ni un segundo sin explotar de la risa. Tiene respuesta chistosa para todo. Hace conexiones entre cosas que pasaron hace mucho con las de ahora y siempre con ese humor burlesco tan de él.

Con él es difícil concentrarse en algo malo, triste o feo. Es capaz de sacar una sonrisa aun en los momentos más emotivos. Pero no es un payaso, simplemente sabe qué decir. Tiene ese don. La gente lo adora porque el siempre sabe qué decir. Y yo necesitaba que alguien me dijera algo, así que intenté introducirle el suceso varias veces sin resultado, porque tampoco quería decirle que mi profe pensaba que era gay. ¿Y si él lo había sospechado, y ahora deja de ser mi amigo porque tiene razones para creerlo?

Alteré la historia. Le dije que el profe había dicho que yo era un “ladrón”: tendría sentido, es algo que me avergonzaría, que el profesor no tenía por qué decirle, que quizás era un malentendido y que probablemente mucha gente piense de mí. A mí modo de ver, se comparaba con ser gay.

Pero Rafa es muy maduro, y tiene un equilibrio que envidio. El tipo nunca está mal. Siempre tiene algo simpático que decir y nunca se le ve preocupado. Él sí que disfruta la vida, y en parte porque el profe no lo anda acusando de ser gay. Y bueno, quizás porque tampoco tenga razones.
Así que su respuesta a mi problema fue “¿Y qué tiene? Si a ese profe nadie lo pesca”. Me tranquilizó el hecho de que para él, ese profe fuera muy poco influyente, no tuviera amigos y que ya no tendría por qué verlo debido a que, evidentemente, ya no me hacía clases. Y tampoco hacía clases a nadie que conociera. Por lo menos el secreto podría mantenerse así.

Le pregunté a Rafa si había escuchado alguna vez alguien que dijera que yo era ladrón. Me dijo que no. Le pregunté qué es lo que decían de mí. Dijo que era soberbio, medio anti social, un poco frío y algo pendejo. Lo dijo con muy pocas ganas de decirlo, pero yo sabía que esos podrían ser mis defectos. Y aunque dijeran que era ladrón, me daría lo mismo siempre y cuando no hubieran dicho que sea gay.

Pero semanas después, cuando el tema ya estaba más o menos olvidado, volví a ver al profesor. Lo terrible es que estaba sentado tomando sol y un café al lado del cura ese. No me dio pena ni rabia, me sentí vulnerable. En ese instante creí que todos los que estaban en el patio sabían de mí. Miré a la auxiliar barriendo, al profe riéndose, a los niños jugando, a mis compañeros conversando. Pensé, que por un instante, todos ahí estaban planeando humillarme. Que quizás iba a entrar a la sala y habría un cartel enorme diciendo que soy gay. Que, como nadie más lo era, se dejarían de juntar conmigo. Malditos desgraciados. Nadie más tenía un defecto. Ellos, los heteros eran perfectos. Y yo, como era gay, estaba destinado a vivir desterrado, solo, humillado y discriminado.

Tocaron la campana y todos se movían, menos yo. Me quedé quieto mirando al suelo. Empecé a caminar muy lentamente muy preocupado. De pronto, Rafa me empujó diciéndome el apodo que me habían inventado esa mañana y venía con más amigos, todos riéndose. Pensé, nuevamente, que mientras nadie diga nada y yo no haga nada, nada tendría que cambiar. El status quo era lo único que me tenía tranquilo.

Ese sábado, creo, mis padres tenían que salir. Se llevaban por supuesto, a mi hermana bebé y a mi hermano menor. Iban a la casa de mis tíos, a simplemente pasarla bien. Mi hermano mayor saldría con su nueva novia, y yo, por esas cosas del destino simplemente, me quedé en casa. Tenía que terminar un Informe de Química y, a pesar de que era largo y aburrido, me gustaba hacer informes.

En el computador, con mi música a máximo volumen y un par de guías y cuadernos con datos del experimento por ahí me quedé solo en la pieza de mis padres (donde estaba el computador familiar). Cerré la puerta y me quedé solo. Yo y mis pensamientos.

No era la primera vez que me quedaba solo, y para un adolescente soltero con las hormonas intensificando todo, era LA oportunidad de disfrutar del rato. Ya no estaba solo yo y mis pensamientos, también estaba mi cuerpo con todo lo que eso significa. Decidí, con el mayor nerviosismo que podía tener, empezar a buscar pornografía.
Todo en inglés, con tanta cosa, tantas mujeres, tantos hombres. Dios. No sabía por dónde partir. Mi corazón latía al máximo y mover el mouse ya era una tarea titánica. Pensé que si seguía así de nervioso, me moriría virgen.

Con mis padres fuera, y todo esto sucediendo, pensé que lo lógico era visitar pornografía homosexual. Me preguntaron si tenía más de 18 y por supuesto, puse que sí. Puse que tenía como 40 años, para asegurar mi permanencia en el sitio. No sabía que poner, así que empecé a hojear una página en ese tiempo. Todo lo que me pedían era la tarjeta de crédito y yo sólo quería ver hombres desnudos.

No sabía hasta donde habría llegado todo esto, cuando decidí ir a comer algo.  Bajé las escaleras y de pronto vi la puerta de la casa abierta. Mi nerviosismo erótico pasó a nerviosismo por criminales, pero había pensado que mis papás no cerraron, simplemente la puerta. Créanme que no habría sido la primera vez. Así que ocultando mi erección lo más que pude, fui a cerrar la puerta.

- ¡No cierres! – gritó mi mamá. Estaba sentada en el asiento del copiloto del auto con la Pía en brazos.
 
- ¿Qué pasó? – aterrorizado pregunté, buscando a mi papá con la vista y retrocediendo sutilmente para ir a apagar el computador.
 
- A tu papá se le quedaron los documentos del auto – dijo sonriendo mientras mis hermanos cantaban lo que sea que haya estado en la radio.

Otra vez, mi corazón explotaba. Si las cosas siguen así, tendré que ir al cardiólogo por la presión. Subí corriendo las escaleras para llegar a la pieza y disimular lo ocurrido pero estaba mi papá ya en el pasillo con la cara de confusión más grande de todas.

- Es… ehh… ¡Es un virus! – grité con la voz partida.

Mi papá, que no sabe nada de computadores, sabía que podría ser un virus. Pero él sabía que los virus llegaban de alguna manera, y pensaba que el virus lo conseguí viendo pornografía, de todas maneras.

- ¿Sí? ¿Y cómo llegó a mi computador? – me preguntó mientras su cara expresaba asco.
 
- No sé, me metí a trabajar y salió eso… traté de cerrarlo y aparecían más y más – con mucha suerte pude explicarle, mientras apretaba la cruz en cada ventana esperando que esos hombres que antes deseaba ver, se fueran para siempre.

Mi papá me lo podría haber creído todo, hasta que dijo “A ver, probemos ahora”. Puso el buscador y lo primero que sale para buscar es “porno gay”. Me miró mientras yo no sabía a quién mirar.

- ¿Qué es esto? – preguntó.

Maldita sea. Ahora resulta que no sólo mi colegio entero me odiará sino que mi familia. Perfecto.

- ¿Estabas buscando porno gay? – preguntó de nuevo, y con más insistencia.

- No, papá.

- Mateo, ellos se meten cosas por el poto.

- Papá… si sé – estaba a punto de ponerme a llorar y quería que mi papá se callara, pero no sabía cómo hacerlo.

- ¿Eres gay?

- No papá.

Mi papá no se caracterizaba por ser un hombre muy tolerante o comprensivo, y cada vez que podía, hacía ver lo horrible que es ser gay, poniéndolo en el mismo saco que las prostitutas, los drogadictos, la gente con sida y los pedófilos.

Y yo, por mi parte, ya empezaba a ponerme a llorar. Lo último que esperaba ese día es ser descubierto y terminar confesándole a mi papá que a veces miro a mis compañeros con deseo. Él jamás entendería que no es algo que yo haya querido ser.

- Hijo, ellos hacen cosas asquerosas.

- Sí sé, papá. Si es un virus.

- ¿Y cómo lo eliminó?

- Así – tomé el computador, borré el historial, la papelera y todo lo que había visto, puse el antivirus y le dije que ya, que ya iba a estar listo.

3 comentarios:

  1. me gusto lo q escribiste =)
    me inspiras para hacer lo mismo

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  2. Impresionante... yo solo le eche la culpa a mi primo
    que había estado de visita!!

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  3. Ajajaja, lo terrible es que no sería la última vez que se infectaría mi PC.

    ¡Gracias!

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