martes, 8 de febrero de 2011

8: Déjame abrazarte.

Rafa me había estado llamando últimamente como loco. Sabía que estaba en la ciudad, que no saldría de vacaciones, que lo estaba evitando pero que, realmente yo quería hablar con él. Teníamos una conversación pendiente, y él siempre fue muy impaciente.

Me obligaba a decir lo que sentía mientras lo sentía. Cada vez que habíamos discutido en el pasado, me decía “Pero no te vayas, dime qué te pasa”. Nunca fui muy bueno manejando la frustración, y la mayoría de las veces, me retaba porque, según él, anulaba los sentimientos.
Decía que no era malo sentir odio, si es que eso sintiera, aunque hubiese sido sólo por un segundo. Rafa me había odiado muchas veces, pero por pequeños instantes, y me decía que así era mucho más fácil volver a quererme después. Nunca tuvo rencor realmente, y cuando en la clase de Sicología estudiamos la Inteligencia Emocional, el profesor – sin saberlo – lo describía a él totalmente.

Alguien dijo alguna vez que la risa provenía después de que la gente conocía los lugares más oscuros, y siempre fue mi teoría con Rafa. Desde que sus padres se separaron, él adquirió esa admirable capacidad de reírse de todo y en todo momento pero sin sonar como burla pedante.

Así que, la mañana de mi cumpleaños traté de contestarle varias veces, pero entre más lo pensaba, más me arrepentía. ¿Qué le diría de Sebastián? ¿Qué le habrá dicho él? Sabía que no era mi culpa, que racionalmente no debía incomodarme, porque que yo a un hombre le guste no me convierte en homosexual, pero la sola idea de hablar de eso me sometía a incomodidades que no sabría sortear.

En eso, decidí fingir que nada pasaba, y así, evitando el tema, me sentiría más cómodo. Cuando mi mamá me preguntó si iba a venir alguien le respondí violentamente “No sé, y no me importa. Voy a bañarme en la piscina”. Y eso hice. Estuve cerca de 3 horas bajo el agua, actuando como si nada. Mi papá había construido una diminuta extensión para que Pía pudiera sentarse y chapotear, y por mucho tiempo, ella fue mi única acompañante por ese día. No me daba pena, para nada. Me hacía sentir seguro. Y mi seguridad de nuevo se agotó, cuando viene Alan y me avisa que llegó un amigo.

Tras él, Rafa. En sus manos traía una bolsa y un envoltorio de papel de regalo. Se sonreía mientras mi madre le preguntaba si quería tomar algo. No sabía exactamente a quién mirar o qué decir, pero Rafa interrumpió el silencio. Me preguntó si tenía otro traje de baño.

- Ehh… sí, sí. Supongo. Mamá ¿están limpios?

- Voy a buscar. Rafa, ven.

Es mi amigo. No tenía de qué preocuparme. No me había juzgado antes, no lo haría ahora. No sé a qué le tenía tanto miedo, pero que él estuviera ahí, que se pusiera mi ropa, que fuera mi cumpleaños, que me hubiera visto ahí, solo, que me preguntara por Sebastián. Todo, me ponía exageradamente nervioso.

Se metió en la piscina muy rápido, y estuvimos ahí, tirándonos agua mutuamente por mucho rato. Sin mucho qué decir, me preguntaba cómo había estado, si había visto a alguien, y frente a todo, lanzaba un par de frases que me hacían reír. Habíamos inventado una especie de pseudo idioma, y para cada palabra, le poníamos un nuevo sonido, y Rafa hacía que fuera muy chistoso.

Mi pieza estaba separada del resto de la casa, tenía la entrada por el patio y la ventana daba a la calle. Antes, había sido la cochera para el auto, pero con la expansión familiar, mi papá decidió transformarla en un lugar para mí y Alan. Y aunque estuvimos juntos un par de meses, finalmente decidió trasladarse a un nuevo rincón dentro de la casa, porque el ruido del patio le impedía estudiar, y sí, nos amamos infinitamente, pero discutíamos siempre. Una vez llegó ebrio él y su novia, y me botaron encima una estantería con libros mientras intentaba dormir.

Entonces, cuando Rafa y yo nos fuimos a mi pieza, nadie se enteró y no nos molestaron. Fue ahí cuando me obligó a responder sus preguntas. Me dijo que sabía que lo había estado evitando, y que aunque podía tener excusas para todo, lo mínimo que él esperaba, era una explicación.

- ¿Por?

- Lo que dijo Sebastián. Tú sabes que yo me di cuenta.

- ¿Qué dijo?

- Mateo…

- Ay, Rafa. Estaba borracho, cómo le crees. Yo también me pasé rollos en algún momento, pero no… olvídalo, se confundió.

- ¿Con quién?

- No sé, alguna mina. Quizás creyó que era Leonor.

- Yo pensé que a ti te gustaba ella.

- Me gustó. Me gustó. Pero ya viste cómo empezó a salir con él. No iba a entrometerme por una mina.

- Pero a él le gustabas tú…

- ¿Me estás tomando el pelo? Supongo que es una broma. No le puedo gustar yo, imbécil. Sebastián no es gay.

- Y tú tampoco…

Me detuve riendo incómodo. Cuando pude ver que su cara no estaba contando un chiste, me sentí peor. ¿Me lo decía en serio? Estaba sugiriendo algo que nunca le di razón de pensar.

- Mateo, no te voy a odiar…

- Rafa ¿qué te pasa? – traté de sonar agresivo, pero mi voz entrecortada le dio sentido.

- Sebastián me dijo que se habían acostado.

¿Qué? Esto sí que era extraño. Sospechaba de algo cierto porque alguien le contó algo falso. Y lo falso siempre fue algo que yo quise que fuera cierto. ¿Qué carajo le pasa a Sebastián?

- ¿Qué carajo le pasa a Sebastián? ¿Qué te dijo? ¿Y tú? ¿Cómo le crees esa brutalidad?

- No, si yo no le creí tampoco. Pero si tú no me contestabas, pensé que era por algo más fuerte.

- ¿Y pensaste que soy gay? – la mentira que dijo Sebastián me había orientado un poco a cómo actuar cuándo dicen cosas falsas. Y me inspiró a hacerlo convincentemente.

- No, ah… jaja. No, no pensé que… Ya, olvídalo. Fue una estupidez.

- Obvio que fue una estupidez. ¿Y qué cresta le pasa a Sebastián? ¿Por qué te dijo eso?

- Bueno, yo le pregunté a qué se refería con amarte. Y me dijo que se acostó contigo. Pero bueno, ahora tienen sentido cuándo hablaban de que era bipolar.

Excelente, ahora parece que ni siquiera realmente me amó. Y yo que me sentía el rey del mundo.

- ¿En serio? ¿Es bipolar?

- Bueno, eso nos contó una vez su primo, el Bosco… ¿lo conoces? Salió del colegio hace como dos años.

- Sí, sí. Me acuerdo. Que terrible. ¿Él te dijo que era bipolar?

- Sí. Una vez nos dijo que no le creyéramos todo lo que decía porque era bipolar, y lo estaban tratando, pero cuando se ponía depresivo decía muchas mentiras. Muchas.

- Y tú creías que yo era gay – me reí – Imbécil.

- Perdóname. Pero no es la primera vez que me lo dicen.

Sentí que hablaba en serio. Pero al mirarle los ojos comprendí. Estaba bromeando otra vez.

- A mí una vez me dijeron que te acostaste con el Padre Guzmán.

- Enfermo, es mi tío.

- Peor, te acuestas con tu tío que es un cura. Pervertido.

Nunca fue su tío. Rafa solía mentir de esa manera. Habíamos estado hablando todo el tiempo con la toalla en la cintura. Rafa, de pronto, se me acercó con una leve sonrisa. La discusión se había calmado, y tras unas miradas cómplices, me abrazó.

- Déjame abrazarte.

Al acercarse, sentí su ombligo tocar el mío. No sabía exactamente cómo responder. Me gustaba físicamente, pero habíamos cultivado una relación de amigos heterosexuales, y habiendo tenido la oportunidad de confesárselo hace unos minutos, me obligaba a actuar como si no me gustara. Me paralicé por unos instantes.

- ¿Te puedo dar un beso? – me preguntó al oído.

- ¡Suéltame, homosexual! – le grité empujándolo hacia atrás, fingiendo una cara de asco.

Él se mató de la risa. Le pareció una excelente broma. Le pedí, fingiendo asco todavía, que se fuera de mi pieza, porque no quería desnudarme frente a él. Fue quizás la única vez que ha hecho una broma actuando como homosexual. Me arrepentí tantas veces de no haberle seguido el juego.

No hay comentarios:

Publicar un comentario