sábado, 5 de febrero de 2011

7: Me acabo de dar cuenta. Nunca valiste la pena.

Las cosas de la vida, he aprendido, son exageradamente complejas. El que crea que todo se puede reducir a blanco y negro, buenos y malos, feos y lindos, tiene un serio problema. Lo más probable es que le cueste encontrar la solución a muchos de sus problemas. Y que sea un saltador de barreras, como diría años después una sicóloga en la universidad. De esos que encuentran que la única forma de salir de un problema es, generando otro. Da lo mismo como, con tal que se acabe.

Y es que el ser humano es incapaz de seguir mucho tiempo en una emoción. Incluso después de un funeral, uno se cansa de tanto dolor, y temporalmente, aunque sea por unos minutos, anula el sentimiento. Aunque sea la persona que más amaste en el mundo. Cansa. Y por la salud mental, uno debe descansar.

Por eso es que me parece que es un error el calificar a las personas. La generalización te obliga a encasillarla. Suponer que todos los mentirosos serán siempre mentirosos es una falacia. Tal como que todos los honestos serán siempre honestos. Las casillas simplifican, es más fácil entenderlos, sacar conclusiones, quizá, pero para solucionar las cosas, se debe ver el plano completo.

Es cierto que los seres humanos somos predecibles, pero para predecir se requiere experiencia, y muchas veces las conclusiones que sacamos de determinadas experiencias están erradas. Y dentro de esa complejidad, ese día decidí que no tengo sintonía con Martín.

- No entendí. ¿Me dijiste Pato?

- Sí. Sí sé que eras tú, Mateo.

- ¿Quién?

- El del chat. No te hagas…

Sabía que me había descubierto, que no tenía sentido, si quería hablar con él, seguir mintiendo. De esa forma no llegaría a ninguna parte. Y, habiéndome descubierto, decidió de todas formas venir a juntarse conmigo. Algo debe significarse. Y yo quería preguntarle si le gustaba. A lo menos, podía irme a casa con un beso gay entre mis experiencias.

- Ya… sí sé que sabías que era yo. Lo admito.

- Mentiroso – miró enojado.

- Oye, no te mentí. No era contigo con quién quería hablar, era cualquiera. Y qué sentido tendría decir mi verdadero nombre, si pensaba en hablar con un desconocido.

- No te creo.

- Ay, Martín. No seas paranoico. ¿Cómo iba a saber qué te iba a encontrar a ti ahí?

Traté de reírme, porque la situación no me parecía tan grave. Es verdad, me sentí incómodo, descubierto, pero en vez de seguir con la historia falsa, mejor admitía la verdad y así dejábamos el malentendido de lado.

- No me parece gracioso, Pato… o Mateo. Ya no sé cómo decirte.

- ¿Estás hablando en serio?

Supuse, que lo mejor que podría salir todo es que Martín de un segundo a otro dijera “Ya, si estoy bromeando. Me da lo mismo. Ahora bésame y vamos a mi cama”. Pero tras varios minutos de incómoda discusión, me di cuenta. Martín no me estaba entendiendo.

- Martín… ¿de verdad te enojaste? – mientras no sabía si sonreír o ponerme a la defensiva. Mi cara, evidentemente, reflejaba insegura incomodidad.

- Obvio que sí. ¿Cómo te sentirías tú si yo me pusiera a mentirte por Internet?

- Bueno, igual me mentiste. Y no por Internet, sino que a la cara.

- ¿Yo? ¿Y qué te dije se puede saber?

- Que tenías novio.

- No te mentí.

- Ah ¿lo tienes?

- Sí.

- Bueno, me mentiste por Internet.

- No es lo mismo… lo hice para descubrirte.

Martín realmente estaba muy enojado. Se paró frente a mí y no estaba muy cerca, pero sentí que en cualquier momento me golpeaba. Yo no comprendía qué ocurría. ¿Estaba hablando en serio?

- ¿Descubrirme? ¿Qué cosa? Martín… para. ¿De verdad estamos discutiendo por esto?

- Yo no estoy discutiendo. No puedo creer que creí que éramos amigos. Se supone que los amigos no se mienten.

- Oye, yo no te dije a ti Martín que me llamaba Pato. Se lo dije a “Solitario”. Y no es justo. ¿Qué te pasa?

- Pasa que detesto a la gente falsa.

- ¿Ah?

- La gente falsa como tú. Eres un mentiroso. ¿Cuántas veces más me mentiste? ¿A quién más le has mentido?

- A ti nunca te mentí. No ando por ahí diciéndole a la gente que soy un “solitario” si tengo novio. No soy tan mentiroso. ¿Qué dirá Gustavo?

- Él sabe todo. No le miento. Yo le digo toda la verdad a la gente que me importa. No soy como tú.

Perfecto. Entendí lo que pasaba. Para Martín resultaba que por hacerme pasar por Pato era muy terrible. Prefería que me hubiera puesto como “Caliente”, “Hetero”, “Joven” o “Solitario”, pero Pato era imperdonable. Y Martín era de los que parecían ser incapaces de perdonar.

- Bueno, perdóname Martín. No quise mentirte. Por eso vine a hablar contigo.

Habrá sido mi último intento por arreglar las cosas.

- ¿Quién me asegura que no vas a meterte de nuevo al chat?

- ¿El problema es que me metiera?

- No. El problema es que te metieras a mentir. Te apuesto que tu historia no es real.

De pronto, Martín me pareció mucho menos atractivo que antes. Su cara reflejaba inmadurez. Su cuerpo perfecto, inseguridad. Su único atributo era estético, y ahora comprendía por qué era así. Sentía que tenía que librarse de los mentirosos apenas pareciesen serlo. Que su vida sólo podía ser exitosa en la medida en que fuera trasparente. De alguna forma, veía en blanco y negro.

- Martín, parece que me voy a ir. No entras en razón.

- Si te vas no te hablaré más en mi vida.

- Si no te interesa entenderme, quizás es mejor así.

- Te he tratado de entender… pero me cargan los mentirosos.

- Déjame ver si entiendo. Tú puedes mentirme por Internet, porque intentabas saber si era yo… ¿pretendías que te dijera de pronto “Oh, no soy Pato. Soy Mateo ¡ámame!”? ¿Y que me diera lo mismo tu “mentira” de Gustavo?

- No seas estúpido. Claramente no era eso.

- ¿Y qué? ¿Qué hubiera pasado si no hubiese sido yo? ¿Le habrías mentido al verdadero Pato? ¿Y además tenía que habértelo perdonado?

- No es lo mismo, Mateo. No estás entendiendo.

- No, Martín. Tú no entiendes.

- Me acabo de dar cuenta. Siempre fuiste un mentiroso.

- ¡Por favor!

- En serio.

Tomé mi mochila, lo miré a los ojos y supe que sería la última vez.

- Me acabo de dar cuenta. Nunca valiste la pena.

Al irme no intenté siquiera darme vuelta a mirarlo. Era tan poco racional. Tan cerrado en sus conclusiones de cosas perdonables y cosas imperdonables. Espero que no me toque relacionarme con más gente así.

No hay comentarios:

Publicar un comentario